«La Palabra se hizo carne, y hábito entre nosotros» es, ciertamente, una cita del evangelista con mirada de águila, que presentaba especial finura para enjuiciar los acontecimientos con un mirar distinto. Sus ojos captaban la realidad de una manera radicalmente original, hasta el punto de considerar la Palabra, refiriéndose a la que edifica, verdadero alimento para el alma.
La he recordado, porque no se me ocurre mejor manera de definir una buena conversación: alimento para saciar el hambre y paliar la soledad, carencias, ambas, relacionadas.
Conversar es un arte, un antídoto, una necesidad que elimina las barreras y permite que lo cotidiano de paso a la confianza, la confianza a la confidencia y esta a la aproximación, al acercamiento, tanteo que permite asomarse a la intimidad del otro, son palabras de José María Rodríguez Olaizola.
Y esa secuencia que antecede al conocimiento, alcanza su máxima expresión en la presencia física que permite disfrutar del lenguaje gestual: los ojos, las manos, el arrebol de la cara ilusionada o avergonzada de ese alguien que se sincera y sabes que se quiere quedar, la respiración pausada o acelerada de la confidente, las ojeras inesperadas de aquel que te sale al paso, o la variada gama de sonrisas de esa persona con la que la conexión es algo tan natural, que sus gestos son un repertorio infinito de emociones y sentimientos generadores de endorfinas, oxitocina y serotonina al unísono.
Desafortunadamente, las pantallas dan al traste con la sutileza y los matices de los dichos y confidencias, inutilizan la intencionalidad del discurso. Mención de deshonor, cuando alguien decide oír tu audio al vértigo hiperacelerado de las escenas de cine mudo, y te imaginas a la velocidad del payaso que hace una pantomima ridícula que provoca risa. Me consta que no es así, queridos amigos e hijas, pero no puedo evitar sentir ese temor cuando os envío un WhatsApp superior a un minuto. Desventajas de la tecnología precipitada. Se asume el riesgo.
Y es que la presencia física permite captar la mirada del otro y recrearse en su anclaje, lo que «conlleva efectos beneficiosos – explica la divulgadora Nazaret Castellanos- para el cerebro, como es la conexión entre la corteza prefrontal lateral y el hipocampo, porque posibilita disponer de más recursos neuronales para sostener su atención en el otro». Estamos más presentes.
Decía Sir Winston Churchill, que «las buenas conversaciones deben agotar el tema, no a los interlocutores». Es una pena que ustedes, queridos lectores y lectoras, no puedan replicar o al menos expresarse para poder seguir charlando sobre este tema. Me encantaría escuchar sus palabras y captar su genuina forma de mirar.
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