Alguno pensará, si le toca la mala potra de acudir al hospital, que hay más enfermos que sanos. Un lunes a primera hora puede haber cien pacientes en (ejemplo) la sala de oncología del Virgen Blanca, inconfundibles con su pañuelo o gorra en la cabeza (la marca y la estética del luchador). Digamos que doblemente pacientes: podríamos haber titulado ‘El enfermo se llama Job’. Además del tratamiento, se necesita calma. Y tiempo disponible: hay que esperar mucho; si no estuviese tan pachucha la gente, sería más fácil ligar allí que en Tinder. Con ese escenario se diría que el sistema sanitario está a punto de petar. Sin embargo, funciona: la cita llega, consultan, diagnostican, recetan y te tratan con talante (admirable, tras muchos casos vistos). No es un mecanismo de relojería, no puede serlo un servicio con algo llamado ‘urgencias’ (imprevistos). Claro que hay errores y es mejorable (sobre todo la atención primaria) pero no se puede discutir el funcionamiento general, defendible en su conjunto. Mejorable la gestión, incuestionable el concepto.
Ahora, el quid. Si muchos jovenzuelos, imberbes ideológicos que ahora (predicen tristes sondeos) apuestan frívolamente al verde o al azul, supieran lo que vale (lo que les costaría y no pagan) cualquier consulta, analítica, prueba radiológica, intervención quirúrgica o ingreso hospitalario, tal vez se quejarían menos y comprenderían mejor a dónde van a parar sus impuestos. Y tal vez, sólo tal vez, decidirían con mejor criterio la formación política que puede defender esa sanidad pública, gratuita, igualitaria, universal. El caso es que falta mucha pedagogía. Ningún indocumentado debería salir del hospital sin una factura (ficticia, simulada, pero muy clarita) de lo que hubiese tenido que abonar por la cobertura recibida. En cambio, salimos quizá con una venda en la cabeza y otra más aparatosa en los ojos que nos impide valorar lo que significa que cuiden nuestra salud. Curar a alguien es un acto casi heroico; milagroso no, porque no hablamos de fe sino de ciencia, de vocación y dedicación de los profesionales sanitarios, ni siquiera recompensados como debieran en su esfuerzo. Lo vimos multiplicado en pandemia, se mantiene patente a diario.
Urge preservar ese sistema, en lugar de imitar (ejemplo) a los desnortados madrileños que se creen millonarios (votan como tales) para permitirse ir todos tan chulos a la Quirón. Aunque hasta los muy ricos como ‘tito Floren’ pasan por la pública: fue operado de algo serio en el Puerta de Hierro; eso sí, algún trato especial recibiría pues lo había construido su empresa con las privatizaciones de Aguirre (y él se ocupa allí de seguridad, limpieza, cocina o parking). En fin, los pobres mortales tenemos otras expectativas e intereses, nada que ver con los poderosos. Disponemos de una sanidad pública de calidad, uno de los modelos más eficientes, envidia de otros países, y en lugar de impulsarlo con más recursos nos lo queremos cargar con los conciertos privados. Si no cuidamos la joya de la corona ¡paga! apaga y… sálvese sólo quien pueda.