Una de las características de la política son los pactos o las fusiones. Franco consagró un matrimonio político al casar a los grupos fascistas bajo un partido único con el nombre de Falange Española Tradicionalista (FET) y de las JONS (Juntas de Ofensivas Nacional Sindicalistas). Si este desposorio no sentó nada bien a los falangistas “camisas viejas” capitaneados por Manuel Hedilla —condenado a muerte por ello—, tampoco fue del agrado de los carlistas o tradicionalistas, como lo demuestra esta coplilla dedicada a uno de los “padrinos” del consorcio, Serrano Súñer: «Tres cosas hay en España que acaban con mi paciencia: el subsidio, la Falange y el “cuñao” de su Excelencia».
El maridaje de la Falange y el Tradicionalismo fue una contradicción en sus términos, pero demostrativa de lo incuestionable en las decisiones del Caudillo, por muy antinaturales que fuesen
En sus orígenes, la Falange Española era un movimiento fascista formado por un grupo de intelectuales contra la irreductible fidelidad del pueblo español a las características de su ser. La sustracción de lo nacional se llevó a cabo gracias a una superestructura completamente artificial a base de brazo en alto y de expresiones metafísicas como: “¡por el Imperio hacia Dios!” o “¡una unidad de destino en lo universal!” (que nunca he sido capaz de saber lo que quieren decir). Con este sueño imperialista y enaltecedor se engañaba a las auténticas fuerzas nacionales, que de otro modo no se hubieran lanzado jamás a la aventura del fascismo. La docena de doctrinarios que la Falange tenía en cada ciudad, y los varios de cientos de matones advenedizos que se sumaron a su servicio, nunca hubieran podido imponerse a la masa de las fuerzas conservadoras, si los militares rebeldes no les hubieran confiado el poder que conquistaron, en lugar de ponerlo en manos de las fuerzas verdaderamente nacionales, en cuyo nombre se habían sublevado. La Falange española no era más que un movimiento inspirado en el doctrinarismo italiano y alemán del Estado totalitario.
Por el contrario, el Tradicionalismo representaba la milagrosa pervivencia del imperialismo español del siglo XVI, misión ciega providencial de España, espada de la fe, como lo era el Sebastianismo en Portugal. Tradicionalistas y sebastianistas surgidos en la península ibérica constituían las fuerzas reaccionarias y católicas más puras de Europa.
La Falange creció desmesuradamente gracias al poder conquistado por los militares sublevados. Lo que al principio sólo era un grupo insignificante se convirtió en la médula del nuevo Estado. Pero mientras falangistas ultras asesinaban en la retaguardia sin el menor riesgo ni escrúpulo, otra fuerza política realmente nacional, los tradicionalistas, se entregaban fanáticamente a una lucha leal y valiente sobre el campo de batalla que hacía rememorar sus glorias militares del siglo XIX a las órdenes de Zumalacárregui o Cabrera.
El fracaso de la Falange habría supuesto la ruina del proyecto de un Caudillo o “generalísimo” que quería una España introducida en la órbita de las potencias totalitarias, a las que lo había fiado todo y en las que confiaba más que en las fuerzas verdaderamente nacionales. Más que en España y los españoles, Franco creía en sus harcas marroquíes y en el apoyo y ayuda de la Italia de Mussolini y la Alemania de Hitler. La superioridad de los tradicionalistas habría supuesto el triunfo rotundo de la contrarrevolución española, pero habría privado al ejército de la ayuda de las potencias de régimen totalitario, considerada por Franco como indispensables para la victoria y la creación del ilusorio Imperio español.