Dada la situación actual de la democracia en España, con una derecha cada vez más ansiosa de subirse al poder de gobernar a base de denuestos contra el actual presidente del Gobierno, conviene hacer un repaso al movimiento que acabó con la democracia en 1939.
José Antonio Primo de Rivera –fundador de Falange Española y antecedente, ‘mutatis mutandis’, de un tal Santiago Abascal, actual cabeza de la «derechona valiente» y conmovedora mano en el corazón al ser ensalzado por Trump en el foro conservador de Washington– fundó un partido encamisado de azul marino con yugo, flechas y el nombre griego de Falange, desechando el español Tercio y el romano Legión. En él se fue incorporando un movimiento revolucionario principalmente de estudiantes. Inclinado al estilo militar de himnos y banderas, el falangismo rezumaba horror ante la pérdida de la imagen de España como «una, grande y libre», amenazada por regionalismos, nacionalismos, separatismos y pérdida de la condición de país católico, aunque el catolicismo de muchos falangistas fuese más aparente que real. Nada, pues, impidió a la incipiente Falange inscribir en su bandera los emblemas de los Reyes Católicos ni plagiar del anarquismo los colores rojo y negro. Con semejantes atributos, una propaganda turbulenta y el estímulo del fascismo internacional, los falangistas prometían la revolución desde arriba. Mientras que trono, clero y espada constituían, no sólo la derecha tradicional sino también el conservadurismo social extremo y la reacción sin paliativos, Falange Española, como partido fascista, pretendía ser revolucionario contra la II República. La mística de la «revolución pendiente» veía en Franco a un conservador que gobernaba con el apoyo de la Iglesia y el Ejército. Catolicismo, sí, pero sin aceptar injerencias clericales en la política. En otras palabras, los llamados «camisas viejas» eran falangistas tan antidemócratas como sus colegas de insurrección, pero vistos por éstos últimos como una fuerza peligrosa que debía ser domesticada. Ello dio lugar, –no sin el rechazo de muchos ‘camisas viejas’ capitaneados por Manuel Hedilla, condenado a muerte por ello– a un Decreto de Unificación promulgado por Franco entre Falange Española Tradicionalista (FET) y Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista (JONS), partido o maridaje único de todas las fuerzas políticas rebeldes, carlistas y falangistas; estos últimos como «camisas nuevas» encargados de la represión con múltiples asesinatos: «Las limpias que espeluznan, sin juicio ni formalidad ninguna», a las que alude en su diario el carlista conde de Rodezno. Porque siendo una minoría antes de la guerra civil, el número de falangistas creció tanto en tan pocos meses que pasó de un cuerpo minúsculo a corpachón henchido de oportunistas bajo el mandato del Caudillo, o «excelencia superlativa» por la gracia de Dios. Como afirma el escritor francés George Bernanos, monárquico, católico, padre de falangista y testigo imparcial de los hechos, en su libro ‘Los grandes cementerios bajo la luna’, la víspera del golpe militar de 1936 no había más de quinientos falangistas en la isla de Mallorca. Dos meses después eran quince mil. Bajo la dirección de un aventurero italiano llamado Rossi, la Falange se convirtió en un órgano de policía auxiliar del ejército rebelde a la que se encomendaba sistemáticamente el trabajo sucio.
Ya el mencionado José Antonio Primo de Rivera vaticinó días antes del golpe militar de 1936 en carta a Miguel Miura desde la prisión de Alicante, donde moriría fusilado: «Ya verás cómo la terrible incultura, o mejor aún la pereza mental de nuestro pueblo (en todas sus capas), acaba por darnos: o un ensayo de bolchevismo cruel y sucio o una representación flatulenta de patriotismo alicorto a cargo de algún figurón de la derecha: ¡Qué Dios nos libre de lo uno y de lo otro!». La realidad hizo que lo segundo venciese y acabase con lo primero. Continuará.