Un equipo a la deriva. Un equipo sin norte, sin sur, sin este y sin oeste. Un equipo sin fútbol. Un equipo sin gol. Un equipo sin alma. Un equipo cada vez más vulgar. En esto se ha convertido la Cultural y Deportiva Leonesa.
Duele decirlo. Pero los resultados son objetivos. Esos sí que no se pueden disfrazar. El empate del sábado (con un penalti a favor, lo que no va a pasar todos los días) sabe a derrota y a hiel. Y sabe, más bien, a fracaso anticipado. Ojalá no sea así, pero no pinta muy bien la orina del enfermo.
Se podrá disfrazar (y seguimos con el contexto carnavalesco) de mucha verborrea, de buenas maneras, de formas exquisitas. De gran compromiso social (‘chapeau’, desde luego, por esto último). Se podrá cuidar como nadie esta rentré en Segunda división, con la que tantos soñaban de nuevo, tras el descenso traumático de la última vez a los escenarios del barro y el dolor. Una pena que se haya olvidado el aspecto futbolístico. Vaya por Dios.
No, no es hacer leña del árbol caído. Es intentar levantar esta maldición. O la modorra. Todos queremos lo mejor para el club, pero no se puede dulcificar cada tarde de naufragio de esta manera. No es el Cuco Ziganda un hombre de polémicas ni de broncas, está claro. Ni siquiera ha sido capaz de decir mucho de los árbitros cuando era menester, quizás por no molestar. Es un tipo sencillo. Fue un gran jugador. Es educado y amable, en efecto. Es cercano, contemporizador y, ay, inadecuadamente conservador ante la falta de buenos resultados. Cuando las cosas van mal nunca puedes ser conservador. Lo de «en tiempo de tribulación, no hacer mudanza», que dice el refranero, creo que muy equivocadamente (el refranero tiene sus patinazos, lo siento), no sirve, pero menos en el fútbol. ¿Acaso lo que se pretende conservar es tanta desgracia y tanto fracaso, semana tras semana?
Para conseguir cosas distintas normalmente hay que hacer cosas distintas. Así es en la vida. En todo. Y así es en el fútbol. No hay certeza absoluta de que incluso de esa manera lo vayas a conseguir, pero debes intentarlo. En sus comparecencias, llenas de exquisitez y de sinceridad no conflictiva (esa autocrítica suya, más bien repetitiva y genérica), el Cuco no suele entrar jamás en el meollo del asunto. Sonríe, muestra disgusto sin estridencias, y dice incluso, hay que reconocerlo, que «no nos da», o eso me ha parecido. Que me corrijan si me equivoco. ¿Qué significa? ¿Que no hay plantilla suficiente y sólo queda descender, eso sí, con una sonrisa beatífica?
Creíamos todos que en esta nueva intentona de permanecer en Segunda división las cosas serían de otra manera. Incluso, si comparamos, la situación resulta aún peor que el año en el que descendimos de manera cruel. O bien el equipo se le ha caído al Cuco, que no parece encontrar alternativa, o se ha caído por sí solo, por esa inercia entre la impotencia y la obcecación. Como decía Rajoy del inglés, o dicen que decía, lo que pasa es que «it is very difficult todo esto», pero resulta que no subes a Segunda división para que sea un camino de rosas. Con eso ya contábamos. El equipo debería haberse diseñado con mucho más tino. La plantilla no presenta soluciones adecuadas, y, mucho menos, el equilibrio necesario.
Se vende entonces esa condición de la Cultural como equipo Cenicienta. Nadie quiere ser el Bayern de Munich de la noche a la mañana, pero ¿por qué autoflagelarse, andar por la vida como un equipo grande en la imagen, eso sí, pero como un equipo pequeño, o más bien diminuto, en lo deportivo? No se trata de lamentarse de lo difícil que es la división. O el mercado. Eso ya se sabe, gracias. Se trata de poner los medios para superar esas dificultades, no para quejarse de ellas todo el rato, como si sirvieran de definitiva justificación. No lo parece. Aunque, dicho esto, la propiedad del club debería apostar con mucha más fuerza por él, salvo que no importe a qué nivel juegue. Ni tampoco en qué liga. Si es así, dígase cuanto antes a la afición. Quítense pues las caretas, aunque ahora sea el tiempo de llevarlas.
Quiero pensar, desde luego, que existen las mejores intenciones a la hora de gestionar y dirigir la Cultural. Seguro que es así. Puede ser un proyecto a largo plazo (aquí todo es muy largo), pero, una vez en Segunda, hay que saber quedarse. Sucede que la ilusión se pierde fácilmente y la paciencia de la afición no es infinita. Si quieres afición has de darle algo verdaderamente importante: la calidad en el terreno de juego. Todo lo demás es estupendo, desde luego, podemos ser un club ejemplar y querido (y la Cultu, como la llaman cariñosamente hasta los rivales, todo el rato, tiene esa buena imagen, sí). Pero lo prioritario es el fútbol, la plantilla, los goles y los resultados. ¿Alguien se atreve a afirmar lo contrario? ¿O descenderemos de nuevo diciendo: «bajamos, pero qué estupendos fuimos y qué año tan maravilloso, con todos esos equipazos, esos estadios, esos partidos en la televisión, tan bien cuidados, con tanta proyección…» ¿Eso será suficiente?
Como ya he escrito en otras ocasiones (aunque no suelo escribir de fútbol), de nada servirá lamentarse cuando ya no haya remedio. Y ya hay poco remedio. Mal año, sí, con un clima endiablado, malos campos de entreno, lo que sea. Pero uno no puede justificarse con eso, aunque sea importante, porque, mucho más, habría que justificarse en lo que parece una verdad a voces: que la plantilla «no da». Aunque creo que es mejor plantilla de lo que estamos viendo en las últimas semanas, o eso demostró alguna vez con anterioridad. Y con cierta contundencia. ¿Ya se han olvidado? Claro que la segunda vuelta es diferente: los equipos te conocen, las urgencias son otras. Ziganda no suele hacer en sus comparecencias análisis profundos. Básicamente, dice siempre tres o cuatro cosas parecidas. Creo que hay que articular los partidos con más elaboración táctica. No ser tan previsible. No puedes ser conservador si no tienes nada, o muy poco, que conservar. Y luego está la incapacidad para ganar en casa: un auténtico Expediente X.
En fin, ya queda menos. Es tal el nivel de sufrimiento, dicen los aficionados, que lo que debería ser un placer para saborear lentamente se ha convertido en poco menos que una tortura semanal. La dificultad se daba por supuesta, sí. Pero no la deriva que estamos viendo. No esto, por Dios. Cada semana es como el día de la marmota. No hacen faltan discursos tan buenistas y chachipiruli. No hace falta esforzarse así por el buen rollo, aunque se agradezca (salvo que no mejora en nada, en nada, la situación). Este es un punto de inflexión: disfrácense de lo que sea, salvo de mártires.