No es cosa de hacer leña del árbol caído, como suele decirse, ni de regresar una y otra vez al territorio de la decepción y la frustración, tan habitual en nuestro desempeño, qué le vamos a hacer, pero, como la Liga de fútbol acaba de terminar, es lógico hacer balance, y, si es menester, propósito de enmienda. Una vez más, la Cultural Leonesa se va del fútbol profesional, con los sueños rotos y con esa extraña sensación de impotencia que la ha acompañada durante buena parte del curso. Un adiós anunciado, pero triste.
En los escasos artículos sobre fútbol que uno escribe a lo largo del año en este periódico no suele haber mucho lugar para la euforia. La hubo, claro, con el ascenso del año pasado (aunque sucedió apurando los números hasta alcanzar una especie de rara agonía, no lo olvidemos). Esta vez se había subido a Segunda División en mucho menos tiempo, la Cultural parecía haberle cogido el truco a todo esto: hacía siete años que se había descendido de forma cruel. Pero se regresó y, como si estuviéramos en una nube, o como si tuviéramos el síndrome del impostor, pronto empezó el gran desconcierto.
Como diría Vargas Llosa, nadie sabe en qué momento se jodió la temporada. Quizás desde el mismo inicio. Hubo aquella victoria épica, casi surrealista (pero muy real) ante el Racing de Santander. Viendo cómo celebraban ayer en El Sardinero, aquel triunfo que tanto prometía cobra aún más valor. Pero fue un espejismo. Los espejismos son habituales cuando tienes que hacer una larga travesía por el desierto. Quizás eso es lo que nos ha pasado. Nunca hemos abandonado la sensación de estar inmersos en un largo viaje sobre terreno movedizo, inestable, y sin una sola gota de agua para beber. Hemos viajado por segunda, otra vez, demasiado desorientados.
Ya sé que es fácil llegar al mes de junio, con el curso vencido y los suspensos sobre la mesa, y repartir culpas. Nadie quiere ser cruel a estas alturas, porque, al final, como en la vida, todo pasa de largo. Como dicen a menudo los futbolistas, usando una de esas expresiones de dudoso significado, el fútbol siempre te da otra oportunidad. Pero esta vez nos la dará en una división inferior, que conocemos bien, sin que, por lo visto, este equipo haya sido capaz de adivinar cómo diablos quedarse de una vez (o, al menos, durante más tiempo, en el fútbol profesional). Nada. No aprendemos. Es la incontestable realidad. Una y otra vez la misma canción.
Estoy seguro de que se ha intentado hacer lo mejor posible, en todo momento. Pero también estoy seguro de que no se ha atinado demasiado con ninguna de las decisiones. Lo que deja la temporada que termina es una sensación de cierto caos, de querer y no poder, o sea, de gran impotencia, y ello a pesar de Aspire, que salvó a la institución en su día, pero que ahora, en ocasiones, no parece influir lo suficiente a la hora de apuntalar al equipo. Volver al fútbol profesional y acabar fuera de él a las primeras de cambio es una situación amarga, por mucho que nos guste agarrarnos a la historia, por mucho que insistamos en aquello de que, una vez, hace mucho, mucho tiempo, estuvimos en Primera División. Tenemos una gran tendencia a la nostalgia y a regodearnos en el pasado que imaginamos siempre mucho más glorioso que el presente. Y nos ocurre en casi todos los asuntos, no sólo en el deporte. Es duro decirlo, pero me parece que es así.
Cuando logras regresar al fútbol profesional apenas unos pocos años después de tu anterior descenso (in extremis, por eso duele más), esperas que la institución tenga la lección aprendida. Los vaivenes del curso indican que no ha sido así. No sólo por los cambios de entrenador, que uno puede entender en función de los malos resultados (pero que nunca anuncian nada bueno), sino por la más que discutible confección de la plantilla. Sabemos que para un equipo que asciende, con una economía precaria, las cosas no son fáciles. Por supuesto que no. Visto en perspectiva (sí, es fácil hablar a toro pasado, pero es que se veía venir), no se logró armar un equipo suficientemente competitivo, mientras otros equipos parecidos al nuestro sí lo hicieron. Y siempre pensé en algunos de nuestros futbolistas más técnicos, que habían dado gran nivel en Primera Federación, y en otros que llegaron de parecido perfil, pero que, o bien no se acoplaron del todo, o no lograron continuidad, o no mezclaron, o fueron cayendo, inexplicablemente, en una especie de niebla, en una extraña decadencia o práctica irrelevancia. Por no hablar de los que se fueron en el mercado de invierno: nunca se explicó adecuadamente por qué sucedió todo lo que sucedió. Y, mucho menos, por qué no se lograron apenas fichajes cuando se sabía que el equipo debería ser apuntalado con urgencia. No sólo por lo que perdía, de forma casi surrealista (como el caso de Pibe), sino, y sobre todo, por lo que dejaba de tener. Cuando quedaba un tiempo decisivo por delante. El equipo, creo, quedó deshilachado, a merced de los vientos, de las enormes tempestades de Segunda División que, desde luego, es una categoría extraordinariamente difícil. Se diría que la Cultural se fue venciendo lentamente, sin prisa, pero sin pausa, como cae un árbol por su propio peso. O, más bien, se fue desangrando, sin que nadie lograra aplicar un torniquete a la herida, aunque se veía muy bien que se le iba la vida.
En fin, ya de poco sirve lamentarse. Pero conviene dejar las cosas claras. No se ha gestionado adecuadamente la vuelta del equipo al fútbol profesional, por mucha ilusión que hubiera, que seguro que la había. Quizás el apartado social ha sido el mejor. Pero ¿de qué te sirve ganar en ese campo, y en las redes, y en los eventos, y en la diplomacia deportiva, si no logras ser competitivo prácticamente en todo el campeonato? Si se consiguiera volver, y tendría que ser de inmediato, porque, de no ser así, se volverá a una larguísima travesía por el peor de los desiertos, las cosas deberían hacerse de forma muy, muy distinta. Prácticamente de forma absolutamente opuesta. Seguro que las culpas pueden repartirse, pero son las decisiones deportivas las que realmente importan. Las que más. Aunque sea un mercado terrible, que lo es, hay que madurar en la organización, hay que ver las cosas con más sentido práctico y marear mucho menos la perdiz.
Levantar el ánimo a la afición, que no ha dejado de apoyar al equipo, será difícil. Pero, cuando comience al año, la ilusión retornará. Aunque no será lo mismo. Aspire debería implicarse más. Y León en su conjunto. Pero lo importante es no volver a caer en los mismos errores. Hay que ser humildes, pero también hay que pensar un poco más a lo grande. Lo que le pasa a la Cultural a veces se parece un poco a lo que nos pasa en casi todo. No acabamos de creérnoslo. No acabamos de rematar la jugada. Se va Rubén de la Barrera, y lo siento. Me gustan los entrenadores poco conservadores. Ese conservadurismo en el juego, esa falta de alegría, fue uno de los errores del curso. Aunque tal vez se hizo lo que se pudo, Nada más. Veremos que pasa. Caemos de nuevo. Se rompen los sueños otra vez. Hay que volver a empezar.