El pasado fin de semana tuve el placer de visitar, una vez más, esa bellísima ciudad que es Barcelona. Tenía que presentar allí un libro en torno a la figura de Antoni Gaudí, cómo no celebrar la obra en la que fue su escenario favorito. Y es que, en Barcelona, el Modernismo, más que una tendencia es una actitud, un viaje directo a la belleza.
Me hubiese encantado volver a recorrer el interior de la Casa Milá, la Casa Batlló o el Park Güell, pero es que la cultura en España está a precios nórdicos, o japoneses, o vaya usted a saber en qué monedas se conciben los tickets de entrada. Cada visita ronda los treinta euros por persona. Imagínese si viaja una familia de cuatro miembros y un sueldo medio lo que pueden proponerse visitar más allá de contemplar heroicamente y con dientes largos las hermosas fachadas.
La cultura es menos accesible que nunca. Y es una lástima, porque abundan las propuestas interesantes. La oferta apetece, pero el monedero falla.
Lo mismo ocurre con los conciertos, en la ciudad que sea; incluso en León, la agenda cultural del Auditorio cuenta con iniciativas muy interesantes. Quienes acuden con frecuencia y mantienen en pie los ciclos se quejan de que apenas hay gente y, además, los jóvenes ni se lo plantean.
Hay actividades. Hay público, pero no hay puentes que unan ciudadanos y arte.
Los precios, desde luego, son un condicionante clarísimo. Las familias no pueden permitirse ir al teatro o a la ópera porque tienen que comer y tal como está la cesta de la compra, resulta imposible reservar una butaca cuando a duras penas llegas a fin de mes.
Tampoco se acercan estas propuestas lo suficiente a los estudiantes desde los centros, creo que ese es otro factor a tener en cuenta. Ir a un concierto de música histórica o a ver una obra de teatro parece un acto snob, cuando debería ser un placer cotidiano.
De poco sirve exponer piedras preciosas si el visitante nunca ha visto un joyero.