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Cultura de los hórreos

27/08/2025
 Actualizado a 27/08/2025
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Una de las pervivencias más hermosas de la arquitectura tradicional leonesa, vinculada con la Iberia húmeda, con la Iberia cantábrica, es la de los hórreos; hórreos que aún, por fortuna, quedan, y no pocos, en la provincia de León; otra cosa es que se hallen en buen estado y que la protección de tal patrimonio sea una realidad.

En uno de nuestros artículos, aludíamos a que por la provincia de León pasa una frontera invisible entre la España húmeda y la España seca. Pertenecerían a la primera signos como las madreñas, mientras que la segunda estaría caracterizada por la presencia del frontón o trinquete.

Pues, bien, otra de las señales de la España húmeda en León es la presencia de los hórreos. Si nos acercamos a un pueblo tan emblemático y marcado por la cultura pastoril de la trashumancia como es Prioro, a la entrada de la población se nos recibe con un hermoso conjunto de hórreos que le otorgan no poco carácter al pueblo.

Pero es que, si consultamos las respuestas generales del Catastro de Ensenada, de mediados del siglo XVIII, en la respuesta a la cuestión vigésimo segunda se nos alude a los hórreos en aquellas poblaciones que cuentan con ellos.
Así, por ejemplo, en Ancares y áreas limítrofes, dependientes en el antiguo régimen no pocas de ellas de la abadía de Espinareda, se alude a la presencia de los hórreos en no pocas localidades.

De tal modo que se documentan hórreos en Balouta; en Burbia; nueve hórreos en Candín, donde se precisa el número de ellos; y, en Espinareda de Ancares, nada menos que catorce hórreos, separados –según se nos especifica– de cualquier otra edificación, esto es, exentos como construcciones autónomas; pero la supera en número de este tipo de edificaciones Pereda de Ancares, donde se nos habla de la existencia nada menos que de veintidós hórreos. Quince hórreos hay en Suertes y hasta diecinueve llegan los que se recuentan en Tejedo de Ancares.

Pero, si pasamos al área geográfica cercana de la antigua Merindad de la Somoza, tenemos que, a mediados del siglo XVIII, en una población como la de la conocida Paradaseca, se contabilizaron nada menos que cincuenta y nueve hórreos exentos, separados también de las casas. En Pobladura de Somoza, había tres y se nos indica, en parte, su finalidad: «recoger los granos y otras especies». Ya sabemos que en ellos también se guardaban, para curarse, algunos productos de la matanza; así como el maíz para secarse.

No solo esta área del noroeste de la provincia cuenta con hórreos. Ya hemos citado la de Prioro que se halla en el noreste. Si nos detenemos, por ejemplo, en el área de Boñar, en el propio Boñar se llegaron a contabilizar seis hórreos y, de ellos, se nos proporciona una información, por más que escueta, valiosa, tanto sobre su estructura como sobre su función: «de madera sobre pilares de piedra que están separados de las casas y sirven de paneras».

Podríamos seguir con la enumeración, pues había, y sigue habiendo, hórreos en no pocas localidades y áreas de todo el norte de la provincia. La función de estas líneas no es otra que dejar apuntada la pervivencia antropológica de lo cántabro en tierras leonesas a través de los hórreos.

Unos hórreos que describe y documenta muy bien, tanto en su arquitectura, como en sus funciones y en los contextos geográficos en los que aparecen, Eugeniusz Frankowski, en su ya clásica obra titulada ‘Hórreos y palafitos de la Península Ibérica’, publicada en la temprana fecha de 1918, en Madrid, por la Comisión de Investigaciones Paleontológicas y Prehistóricas, de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, como Memoria número18.

Hemos querido hoy llamar la atención sobre los hórreos leoneses, como un patrimonio arquitectónico cuya protección hay que reactivar, para que no terminen desapareciendo.

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