«Entre los tres grupos raciales más importantes de Europa, se detectó el siguiente crecimiento de la población entre 1900 y 1930. Población teutónica: de 124 millones a 149 millones. Población latina: de 103 millones a 121 millones. Población eslava: de 166 millones a 226 millones. Asumiendo un nivel de crecimiento constante, calcula el crecimiento de estos tres grupos en un período de diez años. ¿Cuál será el porcentaje de población de los tres grupos en el año 1960 si esta tendencia continúa?».
Tal era el enunciado de un problema que aparecía en un libro de texto nazi. Y al dilema matemático se le sumaba una pregunta con sospechosos tintes preparatorios.
«¿Qué riesgos para la población alemana puedes percibir si no ocurre un cambio en esta tendencia?». Se estaban cociendo ya los tintes propagandísticos para ir preparando el camino hacia la solución final. El problema, para el régimen nazi, eran los otros. Los que brillaban distinto de cara al sol por la piel diferente, o rezaban credos ‘profanos’ en las mismas fechas, y los que hablaban, bailaban o cantaban con sones extraños. Y esa preocupación fue creciendo a medida que la diferencia se extendía y comenzaba a sentirse como una amenaza a la uniformidad y fue convirtiéndose en un rechazo violento de silenciosas proporciones volátiles y devastadoras…
Primero fue el extrañamiento, o alejamiento en los guetos, confinados por virulentos, a los ojos de los arios. Y luego la deportación a los lager.
A uno de ellos, y visitaría cuatro, llegó, en el año 1942, el prisionero número 119.104. En aquella hilera de un destacamento formado por 280 hombres, donde se alimentaba con 300 gramos de pan y un litro de aguasopa al día. Con un manuscrito escondido en un macuto inocentemente disimulado que el kapo de turno destrozó sin miramientos gritando una de las expresiones más escuchadas en el campo: «¡Mierda!».
El prisionero era judío. Su nombre era Viktor E. Frankl. Doctorado en Medicina y Filosofía por la Universidad de Viena, fundador de la Logoterapia y autor de uno de los libros más leídos del mundo: ‘El hombre en busca de sentido’, toda una lección existencial. En una de sus conclusiones se sirve de una ciencia matemática, la estadística –un guiño a los matemáticos, hoy se celebra su día– para demostrar, en una encuesta hecha en Francia y corroborada en otros lugares, que lo importante en la vida es encontrar un sentido y finalidad, como expresaron un 89 % de los interrogados.
Tener un porqué: eso, exactamente, salvó a muchas personas, incluido a Viktor, de la decadencia absoluta en los lager.