Mañana comienza un nuevo curso y muchos niños y niñas consultarán temerosos los listados de compañeros de clase esperando no encontrar el nombre de su particular Nelson Muntz. Y es que el acoso escolar es la principal, casi la única, inquietud de quien la sufre. Ni aprobar ‘Mates’, ni conseguir el cromo de Griezmann, ni el baile de la función de Navidad. Más en la era de los ‘smartphones’, cuando el timbre del ‘todos para casa’ no pone fin a la pesadilla, que se prolonga en forma de ‘wasaps’ o llamadas amenazantes convirtiendo el ‘bullying’ en una tortura 24/7. Hostias físicas y emocionales. Unas duelen, otras dañan.
Quienes las sufren en primera persona arrastran miedos, complejos y problemas psicológicos para el resto de sus días, con el evidente peligro y el elevado coste que esto tiene tanto a nivel individual como colectivo. De este modo, no me parece descabellado pedir un pacto de Estado contra el acoso escolar, al nivel de la violencia de género o de la despoblación rural, ya que sus consecuencias en la sociedad pueden ser y son de extrema gravedad.
Esto no es un ‘me too’. Por suerte, no sufrí ‘bullying’ ni hice que otros lo sufrieran pero, como imagino que la gran mayoría, sí que lo vi. Y también supongo que como casi todos callé y dejé de forma cobarde que jodieran día tras día a alguno de mis compañeros. Ahora me arrepiento de ello y, si alguna vez soy padre, me gustaría educar a mi hijo o hija para que no cometa el mismo error y plante cara a los que se burlan o pegan de manera sistemática a otros niños.
Y es que esa es la única vía posible para acabar con el ‘bullying’: la educación. En casa, no en la escuela. Porque detrás de cada hijo acosador hay un padre o madre que ha fracasado como tal. Porque en cuestión de hostias, lo conveniente es no enseñar ni a darlas ni a recibirlas.
Añadir La Nueva Crónica como fuente preferida de Google de forma gratuita
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.