2015, el año del espejismo, ha comenzado como procede, con casi todos los indicadores a la baja y con el poder adquisitivo de salarios y pensiones dicen que en pompa. Bajan las primas y las bolsas, bajan el petróleo y el euro, baja la inflación y hasta el desempleo. Si no fuera por el yogur griego y por nuestro acné político juvenil la euforia sería mayúscula. Es más, si no hubiese subsaharianos asaltando la valla de Melilla o sirios desesperados atravesando el Mediterráneo, todo nos iría mucho mejor, quién lo duda. Que suban los billetes de los trenes de cercanías o media distancia, que son los que usa el común de los mortales, no tiene relevancia; al fin y al cabo, si no pensáramos mal, comprenderíamos que son ingresos necesarios para que la alta velocidad selecta se acomode a los ritmos de las campañas y disfrute de votantes indecisos. Lo mismo que carece de importancia que se eleve el IVA de equipos médicos, instrumental sanitario y productos farmacéuticos, porque al cabo lo compensa la rebaja fiscal que favorecerá el consumo de chucherías en zocos sin límite horario.
Así son ahora las cosas, cuesta abajo y sin frenos a través del relato idílico de la recuperación. Francamente, debo confesar que la única pendiente que no tiene dobleces es la que canta Serrat: «Vamos bajando la cuesta, que arriba en mi calle se acabó la fiesta». Pero ése es otro negociado.
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