Cuento de la magia y el miedo

07/08/2018
 Actualizado a 07/09/2019
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Sin chistera y sin conejo blanco llega el mago con el mismo curriculum que algún político con anillo de apellido para, tras un poco rebuscado juego de trileros, ofrecer de prenda el miedo. Con poderes como vestido se presentó el guineano santero a una mujer de casa para secuestrar sus deseos. Y ahí empezó la matemática campana de Gaus de las sensaciones para ella. La berciana encandilada comenzó a llenar la vasija de agua en su cabeza. Las multiplicaciones le sorprendían a ella misma, y el santero sabía por dónde encaminar las cifras. Sus ahorros pasaron de ser un tesoro de hormiga mezclada con años a una fortuna sin medida en su operante imaginación, solo al frotarlo con el sinsentido de frases vacías en las que creer. Y a pies puntillas siguió el dictamen. Los billetes se hicieron fuertes en un sobre amargamente cándido que pretendía ganar peso tras el ritual que vendía el mago. Cuantos más, más, decía. Ella que había conocido la vida tras una fregona miraba los callos de sus manos pensando en una manicura hollywoodiense. Cómo no había visto que la suerte era la respuesta antes, se preguntaba. Menos mal que se topó con el santero guineano para que le mostrara el camino…aunque un poco caro, pensaba al tiempo que se deshacía rápido de la crítica fea del precio por si eso eliminaba la potencia del hechizo. Pero aquel sobre alimentado con clembuterol no siguió el dictado de la magia. Es más, el trilero destapó las cartas malas y las colocó sin sutilezas sobre las buenas. Y el movimiento de la baraja obligó al paso de sueño a pesadilla. Fortuna se convirtió en amenaza y el dinero a multiplicar menguó hasta quedarse en inverso. No serviría para pagar los desvelos de alguien que, un día, creyó que un ritual se convertiría en cielo. Si nos quedamos del más acá, tal vez esa borrosa sensación del deseo se aclare un poco y nos haga menos ignorantes, solo tal vez.
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