No tenía pensado dedicar mi columna de esta semana al fútbol, esa prioridad tan secundaria. Pero debo hacerlo. Un par de tweets breves de aplauso a Mehdi Nafti y al mercado invernal de la Deportiva no son suficientes para equilibrar la balanza. Los palos —muchos merecidos— del pasado cercano, incluso repartidos en estas líneas, siguen pesando del mismo lado. Decía Platón que «la obra maestra de la injusticia es parecer justo sin serlo», así que me explayaré para intentar serlo de verdad y no solo aparentarlo.
El mayor indicativo de que el trabajo de la Ponferradina en este mes ha sido notabilísimo es que apenas he leído la palabra ‘Sietes’ por las redes. Con sus errores —que por supuesto ha cometido— y sus aciertos —olvidados o ignorados con mayor o menor alevosía—, ha sido el punching ball por excelencia. Y algunos de sus atizadores ahora celebran sin reconocer. Elogian sin nombrar. Quieren parecer justos sin serlo. Así que ya lo subrayo yo. Porque, pese a afrontar un mercado en una situación muy delicada, ha sabido parchear los déficits del plantel. En descenso —y en la UVI—, con escaso margen de maniobra por el cupo de fichas sénior y con las potencias de la categoría ventilándole objetivos a golpe de contratazos, ha mejorado el equipo. Y lo ha hecho, además, con uno de esos delanteros de renombre que la afición demandaba desde que a partir de agosto del 2024 empezara a contabilizar los años con el apellido de ‘después de Cristo’.
Otro indicativo de que el trabajo en este mes ha sido notabilísimo es que tampoco he leído apenas la palabra ‘Silvano’. Su compromiso de acometer «un esfuerzo económico» provocó risas, burlas e indignación a partes iguales. Hasta que ese esfuerzo llegó. Era real. En el momento menos esperado. En el instante más complicado. Y unos cuantos —entre los que se incluye este que escribe— nos tenemos que zampar nuestro escepticismo. Muy gustosamente, por cierto.
Por supuesto, Mehdi Nafti también merece una mención. Sus primeras decisiones, tan extrañas como ineficaces, y su látigo en la sala de prensa ya son historia. No fue inmediato ni sencillo, pero contra todo pronóstico ha dado con la tecla. Ha dotado al equipo de una identidad. De un alma. Ha logrado que compita con fuego en los ojos. Y no es poca cosa.
Y ya puestos a tratar de ser justos, bajamos al césped y nos fijamos en los que visten de corto. Porque ese Fede San Emeterio tan denostado únicamente necesitaba minutos para mostrar el jugador que es. Porque ese Andrés Prieto que comenzó como un flan ha vuelto a ser el que todos conocimos: un porterazo. Porque ese Erik Morán al que se acusó de jubilado mientras aún dormía en el AC sigue dando lecciones de fútbol.
Ser justos no significa cerrar los ojos ante los fallos. Significa también saber aplaudir cuando corresponde. Y ahora corresponde. No hacerlo sería, precisamente, parecer justo sin serlo.