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Cuando el termómetro miente

01/05/2026
 Actualizado a 01/05/2026
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Hay palabras que los economistas nos reservamos para los momentos incómodos. ‘Estanflación’ es una de ellas. No aparece en los titulares cuando todo va bien, ni la pronunciamos con facilidad los que tenemos que explicar por qué los precios suben y la economía, al mismo tiempo, no termina de arrancar. Conviene, sin embargo, entenderla. Porque lo que describe no es una anomalía teórica, sino cada vez más, el paisaje que habitamos.

Para situarla, basta con recordar sus dos contrarios. La inflación es el aumento sostenido de precios en una economía en movimiento. Sube el consumo, sube la producción, sube el precio del dinero. Es el calor del motor acelerando. La deflación, su opuesto, es la caída generalizada de precios acompañada de contracción económica. El motor frío y el consumo paralizado. La estanflación es la peor combinación posible. Precios altos con crecimiento débil. El motor que se calienta sin avanzar.

El término nació en los años setenta, cuando el choque del petróleo dejó a las economías occidentales con inflación disparada y PIB en caída libre. Hoy el conflicto en el Estrecho de Ormuz ha vuelto a situar el barril de Brent cerca de los 100 dólares. El IPC de España cerró marzo en el 3,4 %, el nivel más alto desde junio de 2024, impulsado por carburantes y alimentación. Al mismo tiempo, aunque la economía mantiene el tipo, el crecimiento pierde fuelle mientras la inflación sigue su escalada. Más precio, menos impulso. Esa es la ecuación de la estanflación.

Castilla y León no está al margen. Cerró el primer trimestre con 3.900 parados más en términos interanuales mientras España reducía el desempleo, y destruyó 22.500 empleos en apenas tres meses. Una economía que no crea puestos de trabajo con precios altos no crece de verdad. Simplemente factura más por lo mismo.

En León, los datos de la EPA ofrecen una lectura engañosamente positiva. La tasa de paro baja al 8,46 %, pero lo hace mientras se destruyen 6.200 empleos. La explicación está en la caída de la población activa. Unas 9.000 personas han salido del mercado laboral en apenas tres meses. Pura aritmética. Es como el termómetro que marca menos fiebre porque el paciente ya no tiene fuerzas para sudarla.

La estanflación golpea con especial dureza a economías como la nuestra, dependientes de la energía importada para el campo, el transporte y la industria. El agricultor del Páramo que paga el gasóleo y los fertilizantes a precios altos, mientras los precios del cereal se estancan en la lonja, lo padece en cada campaña.

La respuesta individual no puede esperar a que la política la resuelva. Los analistas llevamos meses insistiendo en lo mismo. El ahorro estacionado en liquidez sin rentabilidad real es el gran perdedor silencioso de este ciclo. Diversificar, proteger el poder adquisitivo con activos reales y mantener horizontes amplios de inversión no es un consejo de manual. Es la única defensa sensata frente a un entorno donde el termómetro puede mentir, pero el bolsillo nunca se equivoca.

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