Un segundo y un derrumbe de golpe. Se cae un garaje en ruinas en Ponferrada, un inmueble que latía poco, que primero suspiraba y después crujía. Un día guardó silencio y, sin previo aviso, se rompió en un grito rendido.
Cayó sin víctimas, dicen. Como si eso bastara para cerrar la historia y volver a casa con los deberes hechos. Se recupera la normalidad restando uno. Pero el miedo se queda, como una herida abierta que, con el tiempo, aprenderá a ser cicatriz para poder seguir caminando.
Durante años, el crujido de las piezas que marcaban una mala vejez fue tallando los oídos de la ciudad. Avisos que se fueron puliendo desde cualquier esquina, hasta hacerse casi invisibles. Cada mañana, los vecinos esquivaban la ruina. El garaje, mientras tanto, guardaba un silencio pastoso, pesado. Hasta tres veces quienes veían su hormigón derrotarse levantaron la voz para pedir ojos que miraran de frente. A cambio, solo encontraron la vista desencajada y el lamento largo de las pizarras de un tejado vencido.
No fue un accidente. Fue una grieta ignorada, un «ya se verá» convertido en polvo en suspensión.
La suerte volvió a aparecer como coartada. No había nadie. Una excusa frágil que se estira demasiado y que, un día, se rompe.
Ponferrada tiene edificios cansados. Han aguantado demasiado sin que nadie les pregunte cómo están. Fachadas que se descascarillan, estructuras que sobreviven por costumbre, ruinas integradas en el paisaje como si fueran parte del decorado. Nos hemos acostumbrado a convivir con el deterioro y a normalizar el riesgo.
La ciudad también se desmantela así: con pequeñas renuncias, con responsabilidades que no cuecen bien y que, en frío, siempre llegan tarde.
Cuando un garaje se hace añicos contra el suelo no se toca un final. Es el principio de un aviso, aunque llegue tarde y sin margen para levantar nada de lo que cayó. Queda fuera de la estructura de una ciudad que empieza a preguntarse qué pasará mañana. Puede ser otra esquina, otra fachada, otra vida cruzando en el momento equivocado. Una ciudad que visita más el tanatorio que pediatría, y que ya no mira a los que piden vuelo mientras desea ponerse en el espejo de los que llegan en cuna. Somos más, unos 200 más que el año pasado, pero en un escenario agrietado que marca una pauta indeseable.
La ciudad está hablando desde sus cimientos viejos, y solo pide que se le escuche cuando empieza a claudicar.