Por mi trabajo estoy en contacto con muchos profesores, y cada vez observo con más claridad algo que no solo afecta a las aulas, sino a la sociedad entera: estamos perdiendo la capacidad de atención. Vivimos acelerados, saturados de información, pendientes de mil estímulos a la vez. Corremos de una tarea a otra sin detenernos a mirar, a escuchar, a sentir. Y cuando perdemos la atención, se resiente todo: la comunicación, las relaciones y, sobre todo, nuestra conexión con los demás.
Durante años se ha hablado de la falta de atención en los alumnos, pero cada vez resulta más evidente que también los adultos la sufrimos. Nos cuesta concentrarnos, mantener el foco y escuchar con verdadera presencia. En el caso de los docentes, esta realidad adquiere un matiz especialmente delicado: enseñar requiere atención plena. Si el profesor está agotado o disperso, la relación educativa se debilita. Sin atención no hay escucha; sin escucha no hay comprensión; y sin comprensión, no hay empatía.
Desde la psicología se sabe que la atención es el punto de partida de toda relación sana. Escuchar de verdad implica estar presentes, no solo oír. Cuando actuamos desde la prisa o el cansancio, interpretamos sin entender, reaccionamos sin pensar y perdemos la oportunidad de conectar de verdad. En el aula esto se traduce en alumnos menos motivados, más conflictos y un clima emocional más tenso. Pero fuera de ella ocurre lo mismo: en las familias, en el trabajo, en la vida cotidiana.
Las causas son múltiples: el ritmo frenético, la presión constante, la hiperconectividad y la falta de espacios para descansar la mente. Vivimos en una sociedad que premia la velocidad, no la atención; que nos hace creer que estar ocupados es sinónimo de ser útiles. Pero cuando la atención se fragmenta, la calidad de nuestra presencia –como padres, profesores o amigos– se deteriora.
¿Qué podemos hacer? Volver a lo simple: parar. Escucharnos antes de responder, mirar antes de juzgar, dejar espacio para escuchar así como practicar la atención consciente, aunque sea unos minutos al día, y darnos permiso para desconectar del ruido. En el caso de los docentes, esto significa también cuidar su propio bienestar mental, apoyarse en los compañeros, compartir emociones y permitirse ser humanos antes que perfectos.
Padres y profesores compartimos una enorme responsabilidad: ser referentes. No solo acompañar, sino también observar y comprender. Estar atentos no solo a los resultados, sino a lo que hay detrás de ellos: las emociones, los miedos, las presiones que un joven puede estar viviendo sin saber expresarlas. Porque solo cuando miramos más allá de las notas y los comportamientos, empezamos a entender realmente a la persona que hay detrás.
Educar, al fin y al cabo, es un acto de presencia. Y esa presencia nace del silencio interior, de la calma que nos permite mirar con empatía y transmitir serenidad. Tal vez el gran reto de nuestra época no sea enseñar más, sino volver a escuchar mejor. A los demás… y también a nosotros mismos.