Hay algo que se repite con una precisión inquietante cada vez que una mujer habla de desigualdad: el debate dura poco. En algún punto, casi siempre, deja de discutirse la idea y empieza a discutirse a la persona. Su carácter. Su tono. Su equilibrio. Su salud mental.
No es casual.
Cuando una mujer señala que muchas relaciones siguen siendo desiguales, que la carga mental no se reparte, que el amor a menudo implica renuncia para un solo lado, la respuesta rara vez entra en el fondo del asunto. Aparecen otras palabras: «loca», «resentida», «necesitas terapia», «ansiolíticos». El desacuerdo se convierte en diagnóstico.
Esta estrategia no es nueva. Durante siglos, a las mujeres que no encajaban se las llamó histéricas. Hoy el término ha cambiado, pero la función es la misma: invalidar el argumento desacreditando a quien lo formula. Si el problema no es lo que dices, sino cómo estás, ya no hace falta escucharte.
Conviene decirlo con claridad: cuestionar la salud mental de alguien no es debatir. Es una forma de silenciamiento. Y además, profundamente reveladora. Porque cuando una idea necesita ser neutralizada con un supuesto trastorno, lo que está mostrando no es debilidad femenina, sino falta de argumentos.
Llama la atención, además, que esta patologización aparezca casi siempre en la misma dirección. Rara vez se le dice a un hombre que critique el sistema que «está mal de la cabeza». A las mujeres, en cambio, se nos medicaliza con facilidad. Como si pensar, incomodar o disentir fueran síntomas.
Esto tiene consecuencias. No solo personales, sino sociales. Porque convierte cualquier análisis estructural en un problema individual. La desigualdad deja de ser una cuestión colectiva para transformarse en una supuesta neurosis privada. Y así, el sistema queda intacto.
Hay otra paradoja importante: muchos de los comentarios que apelan a la «terapia» o a la «medicación» no buscan cuidar la salud mental de nadie. Al contrario. Usan el lenguaje del cuidado como arma arrojadiza. Es una forma de decir: lo que te pasa no tiene que ver con la realidad, sino contigo. Y eso, lejos de ayudar, estigmatiza.
Hablar de feminismo no es hablar de odio, ni de trauma, ni de frustración personal. Es hablar de datos, de patrones, de historia, de reparto de tiempos, de cuerpos y de vidas. Y puede hacerse con calma, con argumentos y con respeto. Pero para eso hay que aceptar una premisa básica: que quien habla es una persona válida, no un caso clínico.
Si queremos debatir de verdad, hay una regla sencilla: discutamos ideas, no diagnósticos. Preguntemos, argumentemos, discrepemos si hace falta. Pero no convirtamos el desacuerdo en una sospecha sobre la salud mental del otro. Porque cuando eso ocurre, el problema ya no es el feminismo. El problema es que no sabemos –o no queremos– sostener una conversación adulta.
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