Junto a nuestra casa en la aldea de la Cordillera Cantábrica hay una cuadra que se alquila, siempre se alquila. Cuando nos mudamos aquí, esa nave de piedra era un taller de carpintería de un paisano muy simpático. Un día nos dijo que iba a venderla porque ya no tenía edad para subir por esas calles empinadas. La compró un viejo del pueblo de al lado; lo primero que hizo fue ponerla en alquiler como vivienda. La cuadra solo tiene un ventanuco, un aseo pequeño y un hornillo por cocina. También, un gran patio-balcón desde el que se ve todo el valle. Durante un tiempo, cada tanto venía el viejo, enfundado en su mono azul, a enseñar la cuadra a posibles inquilinos. Siempre aprovechaba para decirnos que nuestra huerta también le pertenecía. Al principio nos sorprendimos, después dejamos de hacerle caso. Por lo visto, ha ido comprando los praus y casas abandonadas de medio valle y proclama que todo es suyo.
A finales del primer verano llegó una pareja de unos treinta y pico años. Venían desde Barcelona con una furgoneta destartalada. Buscaban la comunión con la tierra, nos dijeron. Él se quitaba la camiseta, hacía malabarismos con mazas en el patio y sus tatuajes parecían culebrearle por la espalda. Ella se sentaba a fumar con una taza de café en la mano. Frente a la cuadra se extiende un terreno lleno de zarzas y ortigas que el joven desbrozó durante días. Plantó berza, lechugas, acelgas. Ella fumaba. Llegó el otoño y las lluvias. La pareja se pasaba días enteros encerrada en esa cuadra sin ventanas. Y sin calefacción. Le pidieron una estufa al dueño, pero nada. Resistieron cuatro meses. La primavera siguiente llegaron nuevas visitas inmobiliarias. Un día apareció otra pareja. Querían poner unas ovejas y nos pidieron prestada la azada para trabajar la huerta, convertida de nuevo en una maraña de ortigas y zarzas. Nunca los vi ponerse a ello. Pasaban los días y yo veía la azada en el patio, oxidándose bajo la lluvia. Nos devolvieron la azada, dijeron que el dueño se negaba a hacer ninguna mejora en la cuadra y desaparecieron. El viejo retomó las visitas. Llegó otra pareja de Canarias. Ah, aire puro, verdor, gritaban. Duraron una semana. Más visitas. Llegó un jubilado. Mi retiro dorado, dijo. Duró veinticuatro horas. Al día siguiente de hacer la mudanza aparecieron sus hijos por la cuesta y se lo llevaron. Ahora seguimos con las visitas. Escucho la voz del viejo alabar la vida rural, que si la paz del campo, que vaya vistas guapas, que no las cambia por las comodidades de la ciudad. Imagino que mira nuestra huerta de reojo. Imagino que los inquilinos se quedan deslumbrados con el valle. Entonces pienso que algunos convierten el territorio en una mercancía, mientras otros buscan convertirlo en el hogar de sus sueños. Pero la realidad –o quizá la tierra–, obstinada, los expulsa a todos.
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