Metidos en el siglo XXI, cuando apenas se esperaba nada de los anales monárquicos, les encuentran utilidad reconvertidos en moderno serial de ficción, culebrón de pago. Protagonizan nuevos formatos en consonancia con su sofisticada imaginería, resquicio superviviente de aquella intangibilidad. Aunque ojo, el escrutinio y entretenimiento populares suponen el rescoldo final de la gracia de algún dios y el privilegio de la sangre: estamos de liquidación. Triunfa ‘The Crown’, serie que supuestamente enoja a la monarquía británica (que ‘hace saber’ su malestar) a causa de su verosimilitud. Se clama por advertir a la plebe de que se trata de un artefacto de ficción. ¡Qué mayor artefacto de ficción que la propia monarquía!
Alguna productora anuncia ya versión patria de biográficas peripecias (Mediaset prepara ‘El Emérito’), pero se echa de menos la gran superproducción borbónica. Lo tiene todo: familia de catálogo (yernos delincuente y bizarro, hijas dispares, primogénito de manual, nieto calavera, nietas de papel cuché…), pompa, circunstancia y campechanía a cascoporro, infancia raptada y hazaña televisiva con tanquetas y soflamas, enredos amorosos románticos y carnales, de pago y de balde; finanzas turbias y tarjetas negras, paraísos fiscales y resorts lujosos, travesía del desierto, amistades peligrosas, jeques árabes y exsoviéticos dictadores, abrigos de piel de animales extintos y ceniceros en pata de elefante, safaris a lo Clark Gable y barbacoas a lo Homer Simpson, yates con nombres proféticos y fugas con suspense, caderas de metal y pies de barro…
Como la audiencia de nuestra época, prefiero el segundo formato. Dicho sea en ambos casos en el terreno de la ficción, por descontado.
Añadir La Nueva Crónica como fuente preferida de Google de forma gratuita
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.