Imagen Juan María García Campal

Cristo de miles de nombres

23/03/2016
 Actualizado a 07/09/2019
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Me perdonarán ustedes la rareza, pero a mí estos días, esta semana turística internacional, de santa, en el sentido de ser de especial virtud y ejemplo, me parece que tiene bien poco. No, no teman, no voy a arremeter contra la venta de entradas para gradas y sillas instaladas en espacio público para rendimiento privado –qué importantes siguen siendo las monedas entre tanto fervor–; si acaso, aportar una mejora a la lucrativa idea: ¿no creen que, dada la masiva devoción, lo más apropiado hubiese sido, en pasional y fervorosa coherencia, instalar reclinatorios, mucho más apropiados y propicios para los posibles éxtasis místicos que puedan producirse? Me perdonarán ustedes, insisto, pero, bien dejando de lado el local folclórico movimiento devocional, bien con él presente, estos días más bien me parecen una retrógrada y maléfica remembranza de los peores episodios de la humanidad.

Escribo desde lo laico, desde lo agnóstico, aunque también podría servirme para ello de ejemplos bíblicos, pues, ya puesto a recordar la Escritura, ¿no llevan las miles de personas que buscan refugio en Europa, si no a la Pasión, sí al Éxodo? ¿El comportamiento de Europa, de sus putrefactas instituciones, no recuerda el episodio del becerro de oro, en su apostasía de todos los valores que proclama, en su renuncia de hecho a la Declaración Universal de Derechos Humanos, a su propia Carta de los derechos fundamentales: «Se prohíben las expulsiones colectivas»?

Nadie tome mis palabras como ataque a su creencia. Como Rafael Argullol: «No soy cristiano, pero por alguna razón desconocida, o por un sueño, admito el misterio de Cristo». Por eso no tuve ni tengo reparo en dedicarle mi agnóstica oración: Ahí vas Cristo crucificado,/ ahí vas clavado al madero/ del injusto sufrir humano.// Ahí vas, cual uno más,/ afligido por todo el dolor/ de tus corporales heridas,/ de tus tormentos morales,/ todos ellos infringidos/ por quienes somos, dicen,/ imagen y semejanza tuya.// Desde mi respeto te miro/ y en tu desolada mirada,/ en tu soledad absoluta,/ te reconozco Hombre.//

Hombre, Cristo, que, generoso,/ te dueles del propio y ajeno,/ prójimo, humano sufrimiento.// Cristo apasionado que, si dios,/ quisiste ser y vivir cual humano.// Ahí vas, Cristo crucificado,/ afligido, cual un hombre más,/ por todo el vital dolor humano.// Ahí vas, Cristo crucificado,/ Cristo humano, Cristo hombre/ de miles y miles de nombres.// Ahí vas: ¿mas cuántos hombres hoy eres?/ ¿En cuántos otros, hoy, hombre Cristo, estás?

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