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Criar sin miedo: heredar libertad, no silencios

24/01/2026
 Actualizado a 24/01/2026
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La herencia que más pesa no siempre son las casas ni las tierras, sino los silencios. Silencios que se transmiten como una cadena invisible: lo que no se decía en casa, las preguntas que no se hacían, los miedos que se guardaban bajo llave.

Durante generaciones, muchas mujeres crecieron con la advertencia del «no digas nada», «no levantes la voz», «no te signifiques». Y muchos hombres con la carga de «aguanta», «sé fuerte», «no llores». Ese legado de miedo ha marcado la manera en que nos relacionamos, la forma en que criamos, incluso la manera en que nos miramos a nosotras mismas y a los demás.

Criar sin miedo significa romper con esa cadena. Significa decir a nuestras hijas que su voz importa y a nuestros hijos que sus lágrimas también tienen un lugar. Significa abrir espacio para la ternura, para la rabia, para el derecho a equivocarse, para la posibilidad de elegir un camino distinto al que la tradición impuso.

No se trata de criar hijas valientes y fuertes y a hijos tiernos y libres como si fueran destinos separados. Se trata de criar a todas las criaturas con la certeza de que pueden vivir sin cadenas. Que no tendrán que disfrazarse para encajar, que no tendrán que callar lo que duele ni reprimir lo que sueñan.

El feminismo en la crianza no es un manual de instrucciones, sino un acto de confianza: confiar en que, si damos libertad, heredarán libertad. Confiar en que, si ofrecemos palabras, heredarán palabras y no silencios. Confiar en que, si abrimos la puerta a la igualdad, sabrán entrar en un mundo donde cuidarse y cuidar no tiene género, donde la dignidad no se suplica, se vive.

La verdadera herencia no está en lo que guardamos, sino en lo que liberamos. Criar sin miedo es dejar en sus manos un futuro más ancho, más justo y más humano. Y eso, en el fondo, es la mayor forma de amor.

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