09/04/2026
 Actualizado a 09/04/2026
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Leí una vez (no sé si a Jared Diamond o a Yubal Harari), que el hombre ha progresado hasta llegar a ser lo que es hoy gracias al cotilleo. Y ponían un ejemplo absolutamente esclarecedor: «En los descansos de sus clases, cuando van a la cafetería, ¿qué creéis, que hablan los profesores empoderados, de las galaxias y de la física cuántica o del deportivo último modelo que se ha comprado el rector?»; parece evidente que, de lo segundo; o del último lío de faldas del Premio Nobel que tiene su despacho al lado del suyo.

El hombre, desde los tiempos de los habitantes de la cueva de Altamira, es el animal social por antonomasia y esa ha sido la causa de su maravillosa evolución. A lo que vamos: nos encanta cotillear de lo pasa a nuestro alrededor, de las cosas que parecen sin importancia, pero que, sin embargo, nos interesan más que cualquier avance tecnológico, literario o guerrero, ahora que está tan de actualidad.

Todo esto viene a cuento de que el viernes pasado, el día más sagrado en la liturgia cristiana, alguien me vino con el cuento de que Miriam, la dueña del bar de nuestras alegrías y de nuestras nostalgias, estaba de muy mal humor y que cerró antes de tiempo la noche anterior. Uno se lo comentó a sus amigos como si fuese un asunto mayor, un ‘casus bellis’, puesto que la mentada tiene un carácter que para nada concuerda con esa actitud, mayormente porque uno nunca la vio enfadada en los años que lleva rigiendo el bar. Por supuesto, nadie de ellos se lo explicaba y, cuando vi aparecer al jefe de la banda (que se lleva divinamente con ella), le pregunté y, ¡claro!, no sabía nada. Esto sucedió a las diez de la mañana. Cuando volví a la una al bar, el asunto era ‘voxpopuli’, y tuve que aguantar un aluvión de comentarios, cuando menos obscenos, de mi incontinencia verbal: un claro suceso de cotilleo por su sitio. 

El sábado de gloria, en la versión web, puesto que ese día no hay periódicos físicos, me llamó la atención una foto que publicó La Nueva Crónica: en el paso de la cofradía más antigua de la ciudad, aparecían, juntos, pero no revueltos, al alcalde de León, del PSOE, el cabeza de lista a las elecciones autonómicas de Vox y el consejero de Medio Ambiente de la Junta, del PP; faltaba uno de la UPL para hacer, entonces sí, un conciliábulo por su sitio... ¡Lo que daría uno por escuchar esa conversación, por Dios bendito! Porque estoy convencido que, en sus charletas privadas, cuándo nadie los escucha, hablarán de lo que hablamos tú y yo siempre en ‘petit comité’: de lo mal que está la Cultural, de lo que cuesta la cesta de la compra, del loco de Trump...; y no irán más allá porque aplicarán a rajatabla el viejo dicho español de que «entre bueyes, no hay cornadas».

Toda esta gente mira muy mucho su faltriquera y saben que, de cruzar ciertos límites, se pondría en peligro. Es como aquel de mi pueblo que tenía salida para casi todo y que advertía a todos los que le quisieran oír que «llámame hijo de puta, cabrón o lo que se ocurra, pero no me eches mano a la bolsa, porque, entonces, me encontrarás». Excuso decir que él fue, durante mucho tiempo, el más rico del cementerio.

Otra de cotilleo casi viral: el pasado sábado jugaron en León la Cultural y el Valladolid. Como están los dos para hacérselo mirar, el partido, por lo oído, era transcendental. El caso es que de Pucela vinieron cientos de aficionados que, como es menester, ocuparon el Húmedo, para ir calientes ante el calvario que se les avecinaba. No sé en qué periódico vi cientos de fotografías de esa buena gente acabando con toda la limonada y, como hacía un día bárbaro, estaban en la plaza de San Martín, ocupándola entera. Me llamó la atención una en la que un mesetario tenía, como trinchera que le daba calor, una bandera de la autonomía, esa que tiene cuatro cuarteles, dos ocupados por un castillo y los otros dos con un león. Pues el ‘notas’ se la había arreglado a su gusto, sustituyendo al «rey de la selva» por dos ratas. Si uno llega a ser de la UPL le hubiera dado un parraque que pá qué, sin ninguna duda: insultar a una parte de la cosa dónde vives por la puta cara merecería, como mínimo, darle al prenda unas hostias por su sitio. Como no soy nacionalista (y de las JONS), me la sudó, pero huelga decir que idiotas hay en todo el territorio nacional, y, si no, que le digan a los subnormales que gritaban en Cornellá aquellos de «musulmán el que no vote»... Jesús, ¡que tropa! Salud y anarquía.

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