Sol Gómez Arteaga

Cosas que ya no ocurrirán más

11/09/2026
 Actualizado a 11/09/2026
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Devolver a mi amigo Antonio la caja de historias clínicas que custodié en mi casa durante casi una década sin haberlas revisado me hizo pensar en cosas que ya no ocurrirán más en mi vida. Y me puse a hacer una lista. Entonces me di cuenta de que nunca más volveré a pasar por el camino empinado y angosto que servía de atajo para llegar al mar de todos los veranos, pues lo habían invadido la hierba y la maleza. Nunca volveré a comer pirulís de azúcar bañados en olea de casa de la Gerula, esa mujer recia que regentó durante años un puesto de chuches en la plaza de mi pueblo. Nunca volveré a escuchar en la rockola de la sala de juegos recreativos la canción que durante algunos agostos protagonizó una tal Evamaría que se largó a la playa y que nadie, salvo en el imaginario, vio jamás. Nunca volveré a confiar en los reyes magos, ni de oriente ni de occidente -en los de aquí nunca creí-. Nunca más sisaré en el cajón de la tienda de ultramarinos que mi madre tuvo durante años para agasajar con caramelos en forma de gajos de naranja a las chicas de mi edad. Nunca más volveré a subir en un pedestal a personas que ya sin remedio me decepcionaron. Nunca volveré a girar el expositor de postales del estanco de Basilisa y Pepe donde amarilleaban arados, puestas de sol increíbles y otras imágenes icónicas de mi infancia. Nunca, pero nunca, volveré a tener quince años. Nunca más me toparé con la foto tirada en la acera de la mujer que miraba soñadora un punto imaginario de la nada y que, en el último instante, ay, decidí no coger. Nunca recuperaré el Kajal azul cielo que hace unos días desfiló por la tubería del baño y que, según todos los portales de perfumerías en internet, está descatalogado. Nunca volveré a recorrer con el sentimiento de asombro de la primera vez las luminosas calles de Atenas ni sus zonas oscuras como un Hades. Nunca me despertaré de la siesta con la desolación profunda que me produjo la noticia de la victoria de la extrema derecha en Sajonia-Anhalt, que me hace pensar que de nada han servido las lecciones de historia recibidas. Nunca volveré a apretar tu mano ni mirarme en la retina de tus ojos, aunque nunca, mientras tenga conciencia, te olvidaré. Hay más cosas que ya no haré, claro, estas son solo algunas que me importan. La vida nos centrifuga, nos engulle, nos expolia y un día nos damos cuenta de que aquello que no hicimos no tiene vuelta atrás, como esos trenes que dejamos pasar de largo y miramos con nostalgia en la lejanía. Tal vez envejecer sea hacernos cargo de pequeñas perdidas sin opción a retorno o repetición. Aunque también es posible que en eso consista precisamente el milagro de existir.     

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