Que no tengas sesenta y un años y padezcas una enfermedad mental grave y crónica desde los treinta y dos. Que no cobres una pensión no contributiva de menos de ochocientos euros mensuales por discapacidad del 75 %. Que de la Galicia natal donde naciste no hayas emigrado a una ciudad que nunca tuvo mar –Madrid, por ejemplo, es un ejemplo– y cuando lo eches en falta trasformes el ruido de coches en vaivén de olas. Que en el bloque de vecinos donde vives no se apruebe por mayoría el arreglo de la fachada, pese a tu opinión en contra –bastante tienes con lidiar con las alucinaciones cinestésicas que provocan que siniestros seres te roben a diario el corazón, presionen tu cabeza, estiren tus extremidades–. Que no recibas una subvención del Ayuntamiento para ejecutar dicha obra. Que un día cualquiera, cuando menos lo esperas, no te retiren la pensión con la que te sustentas porque la subvención recibida, así reza la carta, supera el límite establecido para el cobro de la misma y computa, ay, como ganancia patrimonial. Que además de quitarte la pensión no te exijan la devolución de las cantidades percibidas. Que no hagas un recurso administrativo y hasta dos exponiendo que tú directamente no has cobrado un duro como se puede comprobar en los movimientos bancarios que aportas, mientras insistes, por activa y por pasiva, en lo injusto que es todo. Que no te contesten que las alegaciones presentadas no desvirtúan los hechos, y que contra esta resolución denegatoria solo te queda interponer demanda ante el bendito Juzgado de lo Social. Que entre tanto disloque, no vayas un día a la farmacia y la farmacéutica de toda la vida te diga que se te ha extinguido la condición de pensionista, y que a partir de ahora tienes que pagar una parte de los medicamentos que necesitas por prescripción médica y hasta vital. Que no mendigues de despacho en despacho hasta dar con un abogado de oficio que te defienda de la tropelía en la que te han metido sin tú comerlo y mucho menos beberlo. Que no tengas que esperar mucho tiempo hasta que se resuelva el recurso interpuesto, confiando –la esperanza es lo último que se pierde– en que las aguas volverán a su cauce y en que todo se resolverá… Eso sí, tú mientras más pobre y más vulnerable y más loca, porque a lo que pasa en tu interior se suma el desvarío de un sistema perverso con el que también ay, ay, tienes que bregar. Que no te mueras mientras esperas el milagro, porque como dijo Sancho «la mayor locura que puede hacer un hombre (o una mujer, tal es tu caso) en esta vida es dejarse morir sin más ni más». Aunque a ti, querida T. motivos no te faltan, a lo que cabe añadir eso de «Cosas veredes que non crederes».
Cosas veredes
13/02/2026
Actualizado a
13/02/2026
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