Mira que me gusta a mí ir de cortos; o de vinos, si lo llamas así, que tanto da. O de limonadas, en su tiempo, claro. Alternar, en definitiva, en esa costumbre tan nuestra, tan enraizada en nuestra sociedad, de ir de bar en bar –sin excederse, eso sí; no vaya a ser…–, disfrutando sin prisas de ese ratín, de la compañía, charlando sobre lo divino y lo humano –y ‘arreglando’ los problemas del mundo, como no puede ser de otra manera–, mientras tomamos algo… con su preceptiva tapa, ni que decir tiene. Y, a ser posible, en la barra, que si no me apalanco… Pero, la verdad, cada vez es más difícil… Y no precisamente porque le haga caso a mi médica; que, por otra parte, si se lo hiciera, me iría mucho mejor; lo sé…
Para empezar, los precios, en general –y en unas zonas más que en otras–, han subido una barbaridad en los últimos tiempos.
Que puede que sea porque para los establecimientos es todo también mucho más caro, porque las tapas son más elaboradas, porque hay mayor demanda –turistas, sin ir más lejos–… o, tal vez, por un poco de todo eso y por alguna cosa más... Ahí no voy a entrar. En todo caso, sea por el motivo que sea, la realidad es esa.
Pero, más allá del precio –que no es, ni mucho menos, cuestión baladí; quede claro–, cada vez es más frecuente escuchar –y, a veces, no de manera especialmente amable que digamos– «no ponemos cortos» a la hora de pedir, sobre todo en las zonas más típicas... que son también en las que hay más turistas...
Y se queda uno con cara de circunstancias, recordando tiempos no tan lejanos… justo antes de responder, pongamos por caso: «Pues, entonces, cañas».
Que sí, que los bares siguen estando llenos de gente –de no ser así, evidentemente la cosa sería muy diferente…–; pero eso no quita que se esté forzando a cambiar la manera de ir de vinos en esta tierra –al final, acabas yendo a menos establecimientos, claro– que, desde hace mucho mucho tiempo, va más allá del vino… o el corto, el vermú, el butano, el mosto... Una verdadera lástima…