14/11/2025
 Actualizado a 14/11/2025
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El 17 de octubre acerqué mi libro de relatos sobre desórdenes de la mente, ‘Trazos de sombra’, a la biblioteca Gumersindo Azcárate. Me acompañaba en esta ocasión, entre otros colaboradores queridos, el Dr. Melendo Granados, psiquiatra con el que trabajé en la unidad de agudos del Gregorio Marañón los últimos años de su vida laboral y uno de los profesionales que más sabe en esta materia. Aproveché el encuentro para formularle una pregunta que llevaba días rondándome: en un mundo del revés dirigido por gobernantes que han perdido la razón, qué podemos hacer los ciudadanos de a pie para que sus actitudes y decisiones afecten lo menos posible a nuestra convivencia. Tras pensar la respuesta, el Dr. Melendo concluyó que lo único que se le ocurría era mantener la cordura. 

Unas horas antes, en el trayecto en coche Madrid-León por la carretera N-6, nos desviamos un tramo para tomar café en un establecimiento que viene siendo querencia de nuestros viajes durante el fin de semana. Se trata de un bar bastante conocido que lleva funcionando desde hace décadas en un pueblo con solera, cuyos nombres, el del bar y pueblo, omito. Siempre nos atiende uno de los dueños con el que, invariablemente, a fuerza de recalar allí, intercambiamos algunas palabras. Las de este día fueron si no se había planteado realizar algún acto cultural dentro del local. Un no rotundo fue su contestación. Bastante tenía él con atender el negocio. Mientras preparaba los cafés, añadió que recientemente había contratado a una gitana que a la semana de trabajar ya se había dado de baja. Agachado tras la barra, en lo que cinematográficamente se define como un plano en picado, nos soltó a bocajarro que tal vez pensáramos que era un fascista. No supimos qué decir. Se reafirmó a sí mismo contestando que lo era. 

Pensativos, mudos, sumidos en el estupor, tomamos el café en silencio. Pensativos, mudos, abandonamos el bar.

He dado muchas vueltas a la escena. También a lo que pensaría el dueño del bar si en vez de dueño del bar hubiera nacido gitano, emigrante, negro, enfermo mental o pobre. En todo caso, algo se había roto, fracturado, pasado factura. Sí, porque comentarios dichos tan alegremente, no podían quedar como si nada. Volver a tomar café en su establecimiento, por muy rico que estuviera, nos hacía cómplices.

La cordura es hermana de la coherencia. 

Un par de veces hemos vuelto a ese pueblo con solera y soportales. En vez de entrar en el bar de marras lo hemos hecho en otro. El café no es tan bueno, pero nos atiende un camarero senegalés con una sonrisa blanca como una nube de verano. Por cierto, he descubierto que tiene un té negro riquísimo que recomiendo.

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