06/03/2016
 Actualizado a 11/09/2019
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En mi casa conocíamos la palabra contubernio, aunque la definición que de ella pudiéramos ofrecer los más pequeños fuese un poco vaga o directamente absurda: un contubernio era aquello en lo que había participado nuestro tío Alfonso, a resultas de lo cual había estado confinado en La Gomera. También conocíamos, pues, la palabra confinar, de la que igualmente teníamos apenas una leve idea.

El tiempo, y explicaciones más precisas que llegaron con la edad, nos fueron dando una visión más acertada del llamado Contubernio de Múnich, cuya celebración y consecuencias nos sirvieron también para asimilar geografía: aprendimos a colocar La Gomera en su sitio (no donde la dibujaban nuestros mapas escolares) yseñalar algunas ciudades dentro de Alemania.

Cuando lo del Contubernio de Múnich, que se celebró en el mes de junio de 1962, yo no había nacido: mis padres se casarían medio año después. Miro con curiosidad el álbum de fotografías de su boda y no encuentro a mi tío Alfonso por ninguna parte por lo que deduzco que ese noviembre seguía deportado en aquella hermosa isla colombina.

Élrecogió aquella experiencia vital, a buen seguro dramática, en un libro de poemas que se publicó en 1964 y llevaba por título ‘Semblanza de la Gomera (un mundo aparte)’.Y así como nunca he podido explicarme cómo ese libro sorteó la censura, con el tiempo he ido obteniendo respuestas para aquel episodio, elIV Congreso del Movimiento Europeo,al que peyorativamente se calificóde contubernio, y que, sin embargo, significóla primera oportunidad de reunir después de la Guerra Civil a los opositores al régimen de Franco tanto del interior como de fuera de España.

Recuerdo a mi tío Alfonso como un hombre bueno, despistado y cariñoso. Tal vez algo ingenuo. Y se me ponen los pelos de punta cuando escucho, ahora que ya comprendo muchas cosas, la palabra contubernio.
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