02/03/2026
 Actualizado a 02/03/2026
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La mayoría de los mortales firmamos contratos como quien come pipas y lo hacemos por inercia, prisa o pereza: hipotecas, bancos, seguros, tarjetas, gimnasios, servicios de reparaciones de coches, informática o electrodomésticos… ¡De todo!

¿Los hemos leído? No, por supuesto que no, tal vez porque es un sistema diseñado para que no lo hagamos, ya que son textos interminables, lenguaje críptico, letra pequeña y una falsa sensación de que ¡no pasa nada! Además, confiamos en que «alguien» nos protegerá de los abusos, mientras cedemos datos, derechos y dinero sin saber a cambio de qué.

El problema es que esa desatención tiene consecuencias reales: penalizaciones inesperadas, renovaciones automáticas, cambios unilaterales de condiciones o uso de información personal. ¿Y si protestamos? La respuesta es implacable: ¡Lo has aceptado!

Firmar sin leer es una forma moderna de indefensión voluntaria no porque seamos irresponsables sino porque el contrato ha dejado de ser un acuerdo entre partes para convertirse en un trámite opaco. Pero la solución no puede recaer solo en esa heroica persona que lee treinta páginas de una jerga legal o alegal, no, hace falta simplicidad, resúmenes claros y límites a lo que puede esconder la letra pequeña.

Es que cada firma debería preocuparnos porque ahí podría estar la conciencia de que aceptar sin leer no es gratis, aunque el precio suele pagarse después.

En la feria del Campo, en San Emiliano, como en tantas otras se daban la mano y el trato estaba hecho… ¡Sin más!

Aunque nos queda el amparo del Artículo 1255 del Código Civil, para que lo que firmamos no sea, o no pueda ser, contrario a la ley. Bueno, ¡algo es algo!

«El pensamiento condiciona la acción, la acción determina el comportamiento, el comportamiento repetido crea hábitos, el hábito estructura el carácter y el carácter marca el destino». Aristóteles 384/322 a.C.

Salud.

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