Hablando de noches mágicas, se acercan fechas llenas de calabazas y telarañas, cuando aún quedan rescoldos de hogueras y saltos sobre el fuego, pidiendo y quemando deseos empapados en queimadas. Estamos entre el San Juan que vive detrás del verano y los Magos venidos de Oriente, con regalos que nunca pedimos. En realidad, la fantasía que esconden esas fechas la construimos nosotros mismos, para después sorprendernos y asustarnos.
Solo hay dos noches milagrosas de verdad en el año, sin güestes, ni hogueras ni camellos llegados de ninguna parte. Lunas misteriosas en las que el tiempo retrocede o salta, rompiendo su ritmo sagrado. Solo Galeano sabría explicar ese fenómeno, seguramente diciendo que a una noche se le abrieron las costuras, se produjo una grieta y aunque el tiempo consiguió saltar al otro lado, una hora cayó al abismo. Imposible explicar, si no es con realismo mágico, qué no ocurrió en esa hora. Cuánta gente no nació ni murió en ese no tiempo. Cuántos trenes frenaron en seco y quedaron varados al otro lado y cuántos lo saltaron y, de forma inexplicable, cruzaron el túnel, incorporándose a las vías de la madrugada, llegando puntuales al alba, con el tiempo mutilado y sin que nadie pregunte por la hora que se despeñó en la noche. Porque nos dijeron que durmiéramos tranquilos, que esa hora se restaba a nuestro sueño. Y nos limitamos a no dormirla.
Cuenta la mitología que los griegos tenían dos conceptos para el tiempo. Kronos y Kairós. Así entre nosotros, para entendernos en una mañana de domingo, pijama y zapatillas, Kronos es el tiempo que se mide con el reloj de pulsera y Kairós es el momento justo, el instante oportuno y va tan rápido que hay que andar muy vivos para aprovecharlo. Se me ocurre que es Kairós quien gestiona estas noches mágicas, en las que puede parar el tiempo y reincorporarse de nuevo en el momento y lugar oportuno. Solo así podría explicarse que a las tres de la madrugada vuelvan a ser las dos, haciendo una jareta en el tiempo como las que hacía la abuela en las prendas que quedaban demasiado sueltas, para entallarlas al cuerpo. Hace unas horas, alguien entalló la noche y enjaretó el tiempo sin que se vean las puntadas ni el reguero de minutos regresando de las tres a las dos, desviviendo lo vivido. Nos dijeron que durmiéramos tranquilos, que esa hora se sumaba a nuestro sueño. Y nos limitamos a dormirla.
De este trasiego que se traen, solo nos preocupa el destemple provocado durante días, el hambre llamando a deshoras, el gallo necesitando una puesta a punto y los niños pidiendo dos rodajas más de luz en la merienda. Quizá por eso, aunque lleven años bailando con el tiempo, nos cuesta tanto asumir el cambio horario, recordar si toca restar o sumar, si se ha cosido una hora a la noche o se ha hecho un desgarro en el espacio formando ese abismo por el que se precipita una hora. Siempre la misma hora. La que es remiendo y jareta y se adapta a lo que ellos quieran. La que año tras año cae y se levanta para que los humanos piensen que lo dirigen todo, arreándonos y encadenándonos a las prisas, recordándonos que el tiempo de Kairós nunca vuelve. No se dan cuenta de que algunos somos más de Kronos, ese tiempo que nace de forma lineal, como saliendo de un ovillo, donde las tardes ruedan hasta las noches y los días engendran horas que se van agarrando la mano, en una cadeneta infinita de la que nacen los siglos. Algunos somos fieles confidentes de ese tiempo que duerme en los relojes de las cómodas, sin cumplir horarios de invierno y verano. Tiempo jubilado en relojes ajenos a Kairós, ese dios con el pelo sobre el rostro y la nuca calva para que nadie pueda agarrarle por detrás. Metáfora que indica que su tiempo puede aprovecharse cuando viene de frente, pero ya pasado, no puede recuperarse.
Tres versiones hablando del tiempo. El argumento mitológico, poniéndonos estupendos y sabiondos. El realismo mágico hablando de una grieta en la noche y una hora cayendo en el vacío. Y la versión perezosa, dominguera y otoñal con pijama de oso. La de los comodones que ya no saltamos hogueras, ni quemamos deseos en noches mágicas. Los que ya sabemos que los magos no entran en casa, ni beben leche, ni dejan huellas de barro. Anoche no hubo realismo mágico, ni voló Kairós sobre nosotros. Aquellas dos noches de las que empecé hablando, tienen de todo menos magia. No se puede remendar el tiempo, empalmando una hora inexistente para alargar la noche, ni se puede hacer una jareta en la nada, para estrechar la sisa de la aurora. Esa magia es exclusiva de abuelas, inventoras de pantalones crecederos para nietos y chaquetas adaptadas del mayor al pequeño.
Lo de anoche fueron los padres. Fueron vistos peleándose un buen rato con el reloj del salón. Se les cayó tres veces la pila hasta conseguir retrasar una hora la vida y cuando, por fin lo colgaron, mascullando «ya andamos otra vez con estas tontadas», no vieron que la alcayata falló y se les venía, literalmente, el tiempo encima. Contratiempos.