Nacho Barrio

Contra el algoritmo, el pantalón cachuli

18/09/2026
 Actualizado a 18/09/2026
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Sabe usted cómo es el algoritmo, qué le voy a contar a estas alturas. De hecho, seguro que usted y yo compartimos trinchera cuando acabe esta década y la IA nos declare la guerra.  El otro día desperté a la bestia. Buscando corbatas por internet para una boda cercana –no somos nadie- abrí la puerta a un mundo de contenido viral sobre vestimenta, moda y complementos que todo hombre que roza los cuarenta debe llevar. Podría haberla cerrado, pero para qué.

El caso es que me acabé topando con una cuenta de Instagram en la que suben vídeos de paisanos por la calle y la inteligencia artificial les hace al instante un ‘pretty woman’, modificando su imagen para que luzcan conjuntados como mandan los tiempos. En un momento pasan de ser jubilados a patrones de barco en Puerto Banús. De cuarentones con panza a estilosos exalumnos de ICADE. 

La maldita IA logra que parezcan otros, sin ellos saberlo. Las camisetas dadas de sí quedan desterradas, la mariconera pasa a ser delito de sangre y el pantalón de padre, crimen que juzgar en La Haya. 

Nos quedan pocos años para rebelarnos contra ella y aquí veo brecha. No negaré que los paisanos salen ganando, porque es innegable verlos más pintones, pero hay algo muy nuestro en llevar la contraria a lo que sería mejor para uno mismo y para la sociedad en general. El pantalón ‘cachuli’ es una declaración de intenciones casi revolucionaria en estos tiempos, como si uno eligiera voluntariamente vestir mal y sentirse mejor en un solo pack.  Si no, ya me dirán por qué, pudiendo pronunciar bien cuando hablamos inglés, lo que hacemos es reírnos de quien se esfuerza en poner acento ‘british’. Hay algo muy español en elegir voluntariamente el cinco cuando no se está tan lejos del siete y medio. La orgullosa mediocridad como forma de vida y como mecanismo integrador. Mire. Hace mil años, lustro arriba, lustro abajo, una profesora de Primaria alabó a un compañero por responder bien en clase. El error no estaba en su intervención, sino en acertar un minuto antes de que nos mandaran al recreo. Sin mediar palabra, volaron las collejas sin que aquel chaval entendiera nada, en una exaltación de la burricie que años después deduje que era muy patria. 

Eso no hay IA que lo entienda ni que lo cambie. Es parte de nosotros, como una cicatriz que nos diferencia en la búsqueda de la excelencia, especialmente entre los machos de la especie.  Pero ser mediocre no implica necesariamente ser mala persona. Lo ramplón por elección propia está lejos de la maldad, como la que vemos a diario en Washington o como la que se practica en ese púlpito que algunos llaman Editorial, desde donde enmierdar a un rival que ya no es rival y está a otras batallas más duras que el navajeo de salón. 

Quizá esa sea nuestra esperanza, la suya y la mía, en esa futura trinchera contra el dominio del algoritmo: que los hay tan malos que harían bueno al Terminator del principio de la saga. Solo espero que a ellos los manden antes al frente.  
 

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