Mientras Moncloa se ve bombardeada por elegir a golfos y Ferraz se derrumba por haberlos acogido, Keir Starmer se enfunda el traje de enésimo primer ministro británico caído. Fíjense, el propio partido es el que devora a sus líderes cuando consideran que su figura, decisiones o falta de ellas son insultantes para su continuidad. El inicio de la caída de este Sir, de reputada carrera previa a la política, fue el nombramiento del embajador en EEUU que apareció en los masificados papeles de Epstein. Para continuar con su sepulcro, se le vinieron las sucesivas elecciones catatónicas para el laborismo y su titubeo insulso ante la irrefrenable cuesta abajo de la potencia británica. Qué exquisitos son por esas democracias tan lejanas; nombramientos, pérdidas electorales, pequeña economía… Dos años tras una mayoría absoluta. Ocho años y seguimos. Cierto es que el que allí encabeza los sondeos es el promotor de aquel brexit y trilero auto reconocido. Qué sabrán los ingleses.
En España no han sido suficientes papeles, informes, investigaciones, juicios; hemos llegado a la sentencia y la persona culpable de dar entrada a todo ello en las instituciones mira de lado a lado. Ábalos, primer agente sanchista, sudador de camisetas, limpiador de partido, ambientador del Peugeot (era un Mercedes, hasta ahí llega la mentira) y acogedor de señoras para sueldo público, ha sido condenado a 24 años. Pero la coñita que ponen en el anzuelo es saltarse el hecho, los hechos, lo sentenciado y los sentenciados para indignarse porque qué injusticia más grande. De roca en roca saltando en mareas misteriosas. Que se ha premiado la colaboración, dice el relato oficialista como novedad añadida a que la mantequilla engorda y que los niños nos están creciendo demasiado rápido.
Parecen orgullosos, se contornean como el pavo, gluglutean sonidos huecos. Estiran la tinta furiosa contra aquel que pudiera parecer les ha delatado, se previenen de los futuros cantantes. En la frente llevan escrito eso de que son mis corruptos y a mis corruptos les juzgo yo, solamente yo. No hay moral, sólo camisetas mojadas.