Otro caso llamativo: durante el breve período en que pareció iba a ser depuesto, Bashar al Asad era el dictador sirio. Ahora que hemos sepultado a los rebeldes demócratas en los cimientos de la «estabilidad de la región» junto a los del Daesh, al Asad vuelve a ser en todos los noticieros el «presidente» sirio. Gasee a quien gasee. Cambia el contexto, cambia el lenguaje. Ítem más: en buen rigor, Trump es un fascista. Con pocos matices. Que haya sido elegido democráticamente no desmiente el enunciado, como se sabe. La imagen del fascismo que nos viene a la mente suele apuntar hacia sus excesos conclusivos, apocalipsis de hecatombes y crueldad. Pero eso sería como juzgar el pensamiento comunista por el gulag (hay quien lo hace). Las armaduras ideológicas básicas del fascismo, con un escaso aggiornamento pese al tiempo transcurrido, se acomodan plácidamente en el fondo, formas y arengas del presidente gringo. O de Le Pen y sus etcéteras de aquí. El lenguaje limpia, fija, da esplendor: aclara las cosas. Contexto aparte.
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