Una. Dos. Tres… Así, con punto y seguido, con mayor pausa que la señalada por una sencilla coma, por un punto y coma, comencé a contar las personas de varia edad, sexo y condición con que me iba cruzando por la calle. A contarlas y a cogerles prestados –sin su consentimiento– cara, apariencia toda. Las fui contando y tomando y sumergiéndolas, ahogándolas imaginariamente, en un mar, no especialmente embravecido, que tanto nos representa civilizada, culturalmente, como es el Mediterráneo. Y todo, mientras proseguía en la consciente y cruenta cuenta: cuatro. Cinco. Seis… Por suerte no me crucé, no me sentí obligado a contar a nadie con quien me uniese el mínimo afecto, por suerte todos me eran desconocidos. Recordé al doctor canadiense Simon Bryant, de Médicos Sin Fronteras, que, el pasado sábado en un periódico nacional, contaba cómo, al entrar en la bodega de una barcaza medio inundada, perdió la cuenta de los cadáveres a partir del número veinte, del vigésimo ser humano muerto (haber, había cincuenta y dos, 52, cadáveres). Siete. Ocho. Nueve… A partir de esta persona comenzó a costarme trabajo buscar la mirada de quienes conmigo se cruzaban y, aún más, mucho más, mantenérsela si me era brindada. Diez. Once. Doce… Por un momento dudé si el ejercicio que practicaba no sería obra diabólica, si no estaría poseso, si no estaría jugando con lo prohibido, con lo ignoto, con lo ancestral, con lo sagrado. Trece. Catorce. Quince… No, no, concluí desde lo más racional. No, sólo intentaba poner cara, rostro, semblante a los números muertos impresos en los periódicos, oídos en la radio, vistos, a distancia, en la televisión. Dieciséis. Diecisiete. Dieciocho… Sólo procuraba imaginarme sus vidas anteriores, sus idas y venidas por sus calles habituales, su sufrimiento, su anhelo, su de-ses-pe-ra-ción. La que no es más llamada que a la huida. Diecinueve. Veinte… Me prohibí seguir contando. Por mis retinas habían pasado hombres, mujeres, niños; sin nombre, ajenos más allá de la simple coincidencia en el tiempo, en el espacio compartido. Compartido como el siglo, como el mar Mediterráneo, como la tierra, como la lucha por la vida mientras ésta es.
Me negué a contar más. Además de ya sentirme mal, tuve por lujo inmoral superar al doctor que lucha junto a ellos por sus vidas, contra sus muertes. Esas muertes que oímos, vemos y raudos olvidamos.
Cuente. Cuente. Despacio. Póngales cara. Desconocida, pero cara. Semblante. Cuente: Una. Dos. Tres… Miles. Como usted, como yo. ¿Ciegos?
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