El hacer de la mayoría de los políticos –tan en gran medida profesionalizados–, que no la política, cada vez me irrita más, me desesperanza más. Sin duda no es más que la constatación de un fracaso colectivo. Aunque quizás este adjetivo sea ensoñación mía y, en realidad, no pase de ser natural consecuencia de un íntimo desajuste entre realidad y deseo, de otro fracaso personal, uno más, o como diría mi admirado Ángel González de «… El éxito/ de todos los fracasos. La enloquecida/ fuerza del desaliento…». Ya no es sólo el desencanto que puedan producir el hacer de la clase política; es la creciente duda entre si éste es contagioso, o si, lo que aún sería peor, es que esa clase no es más, ni menos, que el exacto reflejo de la ciudadanía que representan y a la que creo pertenecer. ¿La transición que parece han hecho quienes personifican a ‘los Alcántara’, que dicen contarlo como fue, es la que en realidad ha hecho la mayoría de mis conciudadanos? Me niego a creerlo. Yo creo que lo suyo es que al uno, según sus palabras de 2006, «el ser leonés me hace sentirme mucho más universal» y, a la otra, después de pasar cuatro días en León, en 2013, ha descubierto sus ‘contrastes infinitos’, los suyos propios, no los de la ciudad, no los de la provincia. Y de ahí, de esa universalidad, de esa contrastada infinitud, no de su supuesto malfacer va a venir todo el revuelo de su presunto truco fiscal: sí te cuento cómo fue, pero no cómo es. No sea cosa que llegue la AEAT, no con la rebaja, sino con el incremento.
¿Se imaginan toda la inteligencia que en este país se eterniza como presuntamente choricera y defraudadora, puesta honrosa y honradamente al servicio de lo común, o, por ser menos trascendente, menos idealista, sencillamente cumpliendo sus obligaciones como ciudadanos responsables y no a ser trileros jetas? Nadaríamos en la abundancia o, como mínimo, no nadaríamos en esta gazofia que a tantos ha ahogado ya y tanto ha mermado, a todos, derechos tan esenciales como a la educación, la sanidad, la justicia, por no hablar de la siega dada a los conquistados derechos laborales.
¿Seguirán teniéndose por compatriotas nuestros? Yo de ellos no, desde luego. Amén de mi gusto por la apatridia, este personal a mí me parece especie invasora de la peor calaña, la de los idiotas morales, esos que, teniendo una inteligencia más o menos normal, son incapaces de distinguir las implicaciones éticas de sus actos y de sus decisiones o, lo que es peor, que distinguiéndolas, las desprecian.
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