Cristina flantains

Consejos vendo

17/06/2026
 Actualizado a 17/06/2026
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Me monto en el coche y pongo la radio. Mientras hago la primera maniobra, oigo, desde los altavoces incrustados en el salpicadero, cómo una voz masculina se ha  lanzado a contar la actualidad de la jornada. Hoy parece que el tono es más pizpireto que otros días. Estoy tan acostumbrada a su timbre de voz que soy capaz de notar pequeñas fluctuaciones , cuando se producen, y me permito  fantasear con el estado de ánimo del locutor, al que, como comprenderán, no conozco personalmente.

Pronto descubro que está hablando del Papa; cuenta con detalle como el jefe de un estado Teocrático dónde el ejercicio democrático de la ciudadanía le tiene descuidado totalmente, y bajo el lema «Alzad la mirada» se pasea por las calles   de algunas ciudades de nuestro país del brazo del rey Felipe. 

Me hace gracia el lema. Me ha recordado la peli de «No mires arriba». En el caso de la peli bajo este titulo se cuenta una historia que  critica la frivolidad de los medios de comunicación ante un asunto capital, el cuñadísimo social, y sobre todo  la manipulación política para evitar que la ciudadanía mire arriba. La vida misma.

Es provechosa mi reflexión mañanera, me digo divertida, felicitándome por lo ocurrente. Así, a priori, podríamos interpretar que el Papa, en un gesto de rebeldía sin precedentes, nos manda levantar la mirada y ver de lo que va este asunto. Nos está diciendo: Ey, mírame, mírame fijamente y reflexiona sobre lo que represento yo y mi comunidad elitista en el Vaticano: pederastia, misoginia, aporofobia, capitalismo feroz, sectarismo, homofobia. Alza la mirada y ve la verdad sin tapujos: todo esto lo represento yo en nombre de mi comunidad. Mi madre me diría: No te pases, Cris, hay alguno bueno, no todos son así. Tienes razón, mamá, alguno bueno debe haber aunque no sepamos dónde.

El caso es que ya he parado el coche y me acabo de bajar. No seas exagerada, me digo, no quieras ver en todos y cada uno de ellos la personificación del mal. Me parece una reflexión sensata para alguien que, como yo, le gusta sobre todo estar tranquila. Antes de ir a hacer los cuatro recados que he venido a hacer a León, entro a tomar un café a Los Álamos. Está la tele puesta. Y ahí está otra vez. En medio de un estadio de futbol, cual estrella del rock and roll. Recibiendo la ovación de un puñado de falsucos en la sede de la soberanía popular (nada menos que siete minutos), donde la palabra dogma debería ocupar su sitio al lado de los disparos que perpetró Tejero. En el Puerto de Tenerife, lanzando símbolos al mar: una cruz que representa, por encima de todo sufrimiento, sin dejar lugar a la esperanza. La esperanza habita en el ámbito siguiente. Pero esa no nos la enseña, esa no tiene símbolo que valga, esa no nos la lanza desde el papamóvil… No vayamos a «alzar la mirada». Solo la cruz, la cruz, la cruz.

Aparta de nosotros esa cruz, León, que no queremos más que vivir. La verdad es que para las que no tenemos fe ha sido un espectáculo bochornoso. Y una no puede por menos que preguntarse qué tendrá tan ilustre personaje en su cabeza mientras le ve chapotear en el fangal de tantas contradicciones. Si será consciente de ellas, cosa que, de resultar cierta, le convertiría en un auténtico monstruo, o simplemente se deja llevar por su circunstancia de representante de dios en la tierra, casi divino, y todo este contubernio humano en el que se destila tanto sufrimiento le queda a desmano porque, como Francisco Umbral, él aquí solo viene a hablar de su libro.

O que simplemente, atrapado en esa circunstancia distópica, disocia para poder soportarlo, como lo hacen los niños víctimas de la violencia sexual mientras su agresor se emplea a fondo y sin compasión contra su cuerpo infantil.

Hagan caso a León, señoras, y «Alcen la mirada» es lo único sensato que se ha mencionado en esta visita… y me juego el tipo a que ni siquiera ha sido idea de él.
 

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