Escribo triste en esta nueva tarde noche de añoranza de un Congreso en el que en sus diputados, en todos y cada uno, existiera un espíritu generoso que realmente se preocupara y ocupase del mejoramiento de la vida de quienes hasta allí los han conducido con su voto para su digna y leal representación. Mas no, todos parecen tener presto el insulto, pronta la sensibilidad al agravio y poca, si alguna, intención de mejoramiento de la vida de sus conciudadanos. Proclaman en varia forma el fracaso de la Nación. Imponen el desasosiego de que más importante que la conquista de nuevos derechos ciudadanos, nuestra energía ha de entregarse a la defensa de los existentes, sitiados por doquier. Ante tal realidad, escribo, sí, desesperanzado, entristecido de ver cómo se habla y actúa torticeramente, más en clave electoral y de supervivencia personal y de clase que de prestación de servicio político y público al bienestar de quienes hacemos Nación: los ciudadanos.
Releo a Giner de los Ríos (1839-1915), con él me pregunto «¿qué hicimos (los que fuimos) estos hombres nuevos?» y él me responde: «hemos afirmado principios en la legislación y hemos violado principios en la práctica; hemos proclamado la libertad y ejercido la tiranía; hemos consignado la igualdad y erigido en ley universal el privilegio…». Por eso, sin «buenismo» alguno, prefiero seguir cavilando, en pro de mi recta conciencia, si son los actuales políticos mi propio reflejo o si me encuentro yo contagiado por ellos. Cuanto tajo para la íntima construcción personal. Congreso extraordinario de mí mismo.
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