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Con David Uclés, algunas semanas después del Nadal

23/03/2026
 Actualizado a 23/03/2026
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David Uclés lleva varias semanas con su guerra, con una guerra literaria, que es siempre atroz. Por razones diversas se ha visto envuelto en críticas amargas, no las de su novela, que esas deben ser aceptadas como vengan, sino sobre su forma de entender la historia, su mirada hacia la Guerra Civil y la posguerra, argumento central en ‘La península de las casas vacías’ (Siruela), y, sorprendentemente, sobre lo que se ha dado en llamar ‘la calculada construcción de un personaje’, al parecer, dicen, siguiendo un patrón muy bien elaborado, que pasa, por lo visto, por su indumentaria retro o hípster, y por sus boinas o gorras, y sus gabardinas y cosas. O sea, que se le atribuye un cierto disfraz, una estética culpable, o casi, y un diseño muy acabado.

Yo, que, como ya escribí aquí, conocí bien a aquel Uclés de los inicios, recién publicado el libro anterior, antes del gran estallido y de la gran popularidad, no creo que el personaje se haya comido a la persona, ni me parece que nuestro autor ande por ahí ahíto de fama, ni ensoberbecido por tanto éxito, aunque sí muy cansado, eso seguro, de la gran refriega literaria en la que se ha visto envuelto, mayormente con el fragor de las redes sociales, donde también abundan, hay que decirlo, sus defensores acérrimos. Pero creo que es un resistente, será por su cierta juventud: no me parece que se doblegue ante el estruendo en contra de su literatura y, más, de su figura. Así pasó también cuando lo de Pérez Reverte, ya saben, que lo elogió primero como escritor y luego dijo que le decepcionaba su negativa a participar en un simposio suyo, o lo que fuera, sobre la Guerra Civil. En fin: puede que el éxito le haya llevado a tener que estar en primera línea, no de playa, sino de fuego, y de ahí los rescoldos que siempre queman, pero en literatura, ya decía Cela, el que resiste gana. Y quizás también en la vida.

Así que me ha encantado volver a hablar con David Uclés, tal que el otro día, aunque haya tenido que ser telefónicamente. Con tanta movida se ha vuelto más intangible, un poco escéptico con las entrevistas, me dice, pero seguimos manteniendo la gran atmósfera de aquella vez que lo conocí, en Compostela. Uclés fue durante un tiempo músico en sus viejas calles (seguidor de Salvador Sobral, y con sus problemas cardiacos, como el portugués), mientras escribía en silencio la obra que iba a llevarle al estrellato y a la batalla. Por entonces, salvo su corazón, todo estaba bien, que diría Faciolince. Cuando hablamos, está recién levantado. Le espera una gran audiencia vespertina, eso sí, porque ya se mueve en la multitud. “Miguel, estoy bastante decepcionado con cierta prensa”, me dice. “No con los que me conocisteis al principio, que sabéis bien cómo ha sido esto… pero, en fin, ya no es lo mismo. Ya no voy tan naif a las entrevistas. Estoy alerta, y me fastidia, porque no hay nada más bonito que una conversación, un diálogo sobre una obra literaria. Pero voy con pies de plomo. Ya no es igual. Demasiadas zancadillas. Y mira que me habían avisado. Si llega el éxito, lo vas a notar. Y sí, así ha sido”, explica.

Tras hacerse con el Premio Nadal, con ‘La ciudad de las luces muertas’ (Destino), la vida se le complicó un poco. Pero su éxito se aceleró casi en la misma medida. La novela es un gran homenaje a Barcelona, cuyas diversas capas van apareciendo ante nosotros, como en una labor arqueológica. No es, esta vez, un texto exactamente teñido por el realismo mágico, sino más bien un tapiz surrealista, cubista si se quiere. “En esta novela Barcelona aparece como en un trencadís de Gaudí”, me dice. Mosaicos irregulares de vidrio o cerámica, eso es. Los personajes no se ven del todo, sino formando parte de un puzle irregular. Colores, reflejos. Laberintos. Estratos. Gaudí, tan unido a León (y tan polémico en su tiempo en nuestra tierra) es uno de los personajes centrales de esta novela abigarrada, en la que el tiempo mueve sus engranajes bajo la superficie haciendo surgir la historia, mezclando épocas y personajes. Un trencadís. Un laberinto. Un caos.

‘La ciudad de las luces muertas’ va de una Barcelona sumida de pronto en la oscuridad, atrapada, dice Uclés, en la noche de los tiempos, con Carmen Laforet como personaje inspirador, como una guía en el laberinto de las sombras. Barcelona apagada, por la magia rara de un papel, por una frase que Laforet escribe como un sueño, invitada a hacerlo, sin percatarse de que hay que tener cuidado con los deseos, porque a veces se cumplen: “quiero ver la catedral envuelta en el encanto y el misterio de la noche. En una noche eterna”, escribe. Y ahí, en una frase, se convoca a todos los nombres insignes, también a los ciudadanos del arrabal y del subsuelo, y los edificios surgen de lo profundo en un esfuerzo de grandeza telúrica, se alzan olímpicamente, y se mezclan así las épocas y el tiempo, las edades de los hombres y de las mujeres, y Picasso, Cortázar, Ruiz Zafón, Gaudí, Matute, Monserdá, Miró, Tápies, Rodoreda, Monserrat Roig, Dalí, Simone Weil, Eduardo Mendoza o Carmen Balcells, entre otros muchos, muchísimos, muchísimos, personajes, se entrecruzan en el caos de la nueva oscuridad, y la Historia se retuerce y se solapa, las gentes y las épocas se solapan, y los cimientos se mueven, y la ciudad sangra por las aceras como un cuerpo vivo, también herido, sí, por la sombra de la guerra, y unos edificios ocupan el lugar de otros, todo ello con gran violencia y estruendo.

Esta novela surrealista, mágica, tenebrista, escrita con la técnica del trencadís y a ratos con una estética también cubista, no puede contarse, sólo sugerirse. Pues en la forma está también su alma, y necesita ser leída como quien bebe una pócima extraña, ateniéndose, claro, a las consecuencias del bebedizo. Barcelona se retuerce ante nosotros, envuelta en una súbita oscuridad que nadie entiende, quizás la oscuridad que crece en el corazón, un sol que muere y unas luminarias que se apagan sobre un decorado en trasformación perpetua. La oscuridad precipita el caos, La oscuridad es el gran peligro que nos acecha (y más, quizás, en este momento). Barcelona parece entonces un agujero negro, le digo a Uclés, que lo devora todo (le gusta la idea), y en su horizonte de sucesos se va amasando la Historia.

Hablamos un buen rato. Sobre el cariño de los lectores, que ya son legión. Hablamos de esta Barcelona densa, densa, que todo lo atrapa y lo devuelve. “Es una novela mucho más compleja de lo que parece”, asegura Uclés. Me dice que se va. Primero a Venecia. Luego, por un par de años, a Praga. “Necesito la distancia, alejarme del ruido. Para escribir, hay que vivir”.

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