Una no se da cuenta de ciertos cambios hasta que los vive. Y no se da cuenta de su mejora o del empeoramiento de los mismos, hasta que los vive los vive. Eso me pasó a mí el otro día con una caja de cartón.
Utilizo las cajas que no necesito como mini-contenedores de papel en casa para, una vez llenas, llevarlas a reciclar. La susodicha en cuestión, era una cajita cuadrada, poco más grande que mis manos. Una mañana, cuando estuvo llena, la cogí para llevarla al contenedor camino al trabajo. El contenedor está roto, pero cumple a la perfección su cometido de almacenar cartón y papel hasta que llega el camión que lo vacía. Además es muy práctico: como no tiene tapa, lanzas lo que sea a su interior y continuas tu camino sin más. Al menos, así era, porque ahora hay uno nuevo y lo descubrí esa mañana.
Cuando, con el tiempo calculado al milisegundo, llegué hasta mi contenedor favorito, descubrí que había sido sustituido por otro. No me sorprendió gran cosa, porque en toda la ciudad los están cambiando, pero albergaba el secreto deseo de que se olvidaran de él, total, ya había pasado la última vez que renovaron los contenedores de reciclaje. Para mi desgracia, en esta ocasión no había tenido suerte y el nuevo vecino me esperaba flamante para cumplir con su cometido de acumular papel para salvar el planeta. Y no le di más importancia al asunto hasta que quise depositar la caja en el nuevo contenedor. Porque, no sé si han fijado, pero los nuevos receptáculos tienen una abertura rectangular bastante estrecha. Y ¿recuerdan mi caja? Cuadrada y llena a rebosar de papeles. Total, que no cabía. Por más que intentara apretujar la caja por el hueco, la caja no pasaba. Es más: los papeles que tenía empezaron a salirse y a caer como si fueran las hojas de un árbol en otoño. Con lo que me tocó agacharme, recogerlos y, ahora sí, meterlos en el contenedor que, a esas alturas, ya no me gustaba nada de nada. No soy una mujer paciente, lo reconozco, así que, jurando en arameo y pensando en la familia del que diseña el mobiliario urbano, terminé de aplastar como buenamente pude la cajita de marras para que, con un sonoro «¡plom!» que me supo a gran victoria, pudiera terminar mi cometido y salir zumbando de allí porque, a esas alturas, llegaba tardísimo a trabajar.
Ya han pasado varios días desde mi encontronazo con la modernidad. Mi némesis sigue ahí. Tengo claro que esa ranurita que le han dejado para que podamos cuidar el planeta es una sonrisa malévola reflejo de la que tiene que tener el ingeniero que lo ha diseñado, que seguramente solo los use para reciclar periódicos y revistas, porque es lo único que cabe con facilidad. Para el resto de nosotros, personas comprometidas con la naturaleza, no nos queda otra que ponernos a plegar los cartones hasta convertirlos en finos lienzos y esperar pacientemente a que los vuelvan a cambiar y que, con suerte, no perdamos ninguna ayuda de Europa, como en esta ocasión.