Cristina flantains

¿Cómo se titula la película?

03/06/2026
 Actualizado a 03/06/2026
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Se abre el telón y aparece un espacioso salón; este está inscrito en un edificio histórico de la plaza de Tiananmén, donde el Ejército de Liberación de China irrumpió con tanques y soldados armados y atacó a los manifestantes que pedían principalmente mayores libertades civiles, libertad de prensa y medidas contra la corrupción y la inflación económica. Todavía hoy en día se desconoce el número total de víctimas mortales.

Dentro del salón hay una gran mesa en forma de rectángulo. En los lados más largos del rectángulo, hay hombres sentados. El mismo número a un lado y a otro. Están preparados para jugar sus bazas. Son dos equipos. Uno es el de casa, el otro es el de visitantes Ambos equipos tienen sus capitanes. El capitán del equipo de casa ha dado la bienvenida al capitán del otro equipo haciendo desfilar ante él al ejército que cargó contra su propia gente.

Todos van vestidos igual. A lo logia, diría yo, aunque no me consta que estos sean masones. Son todo hombres, eso sí. Sí me consta que sobre algunos de ellos pesa alguna acusación de violación, de pederastia, de homofobia, de misoginia, de racismo… todavía sin resolver a pesar de las declaraciones de las víctimas. Aquí sí prevalece la presunción de inocencia como derecho inalienable, un privilegio de según qué élites, al parecer.

Además de ser hombres, son adinerados y poderosos. Van a jugar su juego favorito. Es más, yo diría que van a jugar a ¡el juego favorito!: ejercer su poder y ampliar sus riquezas.

Los temas que están tratando nos competen a todas. Hablan de las guerras que van montando para direccionar sus intereses económicos y vender las armas que fabrican. Hablan de los escenarios donde vomitan sus ansias de poder. Hablan de la IA. De minerales escasos. De lo que comemos. De lo que vestimos. De lo que leemos. De lo que visionamos…

Ellos deciden.

¿Por qué no hay mujeres en esa reunión?

Ahora que por fin ya sabemos que podemos ser y somos igual de listas, igual de cultas, igual de hábiles y también, por qué no, igual de malas, ¿qué es lo que les impide sentarse con nosotras a departir y a decidir?

Y otra cosa, ¿cómo consiguen apartar de esa reunión a las mujeres que quieren estar ahí?

La respuesta da verdadero miedo, sobre todo porque abrir la puerta a esa maldita frase de Germain Greer de «Las mujeres no somos conscientes de cuánto nos odian los hombres» es como un golpe seco en la nuca. Aunque haya visos de verdad en esto.

Prefiero recordar, tras ver semejantes fotos de hombres uniformados jugando con el mundo en torno a una mesa dentro de un salón, dentro de un edificio al oeste de la plaza de Tiananmén, a la Premio Nobel Leyman Gbowee (Liberia). Esa mujer bella que consiguió parar la guerra civil en su país, una guerra de hombres terriblemente cruel, a golpe de estrategias de paz.

¿De dónde sacó la fuerza? ¿Qué o quién le inspiró para conseguir hacer oír y organizar la rebelión blanca y silenciosa, la rebelión de la Paz? ¿Cómo logró convencer a todas y cada una de aquellas mujeres desesperadas de que izaran su silencio y a golpe de «hasta aquí hemos llegado», pararan la guerra? 

¿Y para cuándo nosotras, queridas? ¿Cuándo nos vamos a poner de acuerdo para conseguir que nos dejen de matar, que nos dejen de violar y nos miren a la cara cada vez que nos dirigen la palabra? Cuando vamos a ponernos de acuerdo para dejar de consumir a lo loco. Para dejar de parir hasta que consigamos para nuestras hijas un mundo mejor. ¿Para cuándo dejar de enamorarnos de machirulos? Para cuando estar ahí, también, por encima de todo y a pesar de todo con ellos y siempre.
 

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