De todos los destinos posibles, en unas vacaciones de verano, y para una familia de ingresos normales, cada cual elige aquel que más le paece va a quedar en su memoria para siempre. Una cascada, unas cuevas, un valle, una ciudad, un monumento... Pero siempre hay alguien que le deja elegir a su corazón, pues de todo lo demás la propia vida se ha ido encargando de saturarle convenientemente...
El cronista, poeta al fin, y escaso de ambición («de pilila pequeña» dicho en leonés) le hizo caso a su corazón y viajó hasta Genicera, con Bodón detrás si se mira hacia el Norte, entre el Torío y el Curueño, para cantar por última vez en el Coro Flor del Viento.
Subir hasta la vieja Iglesia solitaria en un risco seco, no le fué fácil, Pero una vez allí, rodeado de sus antiguas vecinas y amigas de Cármenes, y con Angel Fierro a la batuta, volvió a sentir aquel arrebato que le llevara antaño por media provincia, desnudando las canciones recogidas de los labios de las vecinas de los Argúellos.
La primera, una ronda de Gete: «¿Cómo no vienes, amor; cómo no vienes a verme? Dime, amor, por qué no vienes. Por qué no vas. Porqué no vienes./ No te veo con la ronda por el caminito verde. Quizás hayas encontrado otro amor que te entretiene. ¿Cómo nos vas? ¿Cómo no vienes? !Qué clara fue la mañana, en que comencé a quererte! !Y qué oscuras son las noches en que no vienes a verme!».
Tengo que confesar que, aunque el recinto era estrecho, y hasta sórdido y maltrecho, todo aquello me remitía a un tiempo de plenitud y duelo. «Dime si me has olvidado, dime si ya no me quieres, si te has cansado de mí, o tienes otros quereres. !Que a la ventana, sólo me tienes!»
El violín gemía y el acordeón clamaba al cielo. En el techo de la iglesia unos ángeles oxidados volaban en círculo, batiendo sus alas negras. A la memoria se asomaba aquel lamento de Machado: «Aguda espina dorada, quien te pudiera sentir en el corazón clavada». Y el coro de las voces de las viejas amigas, todas ellas armadas de un entusiasmo guerrero, continuaban: «¿Por qué no vas? ¿Por qué no vienes?»
Todos teníamos mas de 80 años. Todos habíamos perdido a alguien o algo. Todos sabíamos que aquella tarde iba a ser la ultima que íbamos a vestir la camiseta azul del coro «Flor del viento». Y, cuando la noche caía sobre Genicera, alguien gritó: «Lavandera y G Y», se deshizo el encanto. Genicera son dos pueblos industriales: uno pone las ovejas y el otro los sementales.
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