El pasado 23/F conocimos el fallecimiento del periodista y escritor Gregorio Morán. En esa nefasta fecha, que ya es ironía del destino, él que tan bien relató el golpe y la Transición y a sus protagonistas, en especial a Suárez en un par de biografías. Pero así es el azar.
Sucede que si has frecuentado a un escritor durante mucho tiempo, cuando muere sientes que has perdido a alguien cercano, casi de la familia (exageración). De Morán guardo, y disfruté, sus artículos semanales, todas sus Sabatinas intempestivas desde dos mil ocho. Sólo por eso, sentí que le debía esta evocación amable (amable hasta un punto y una fecha). Fue bonito mientras duró. Después todavía intenté seguirle un par de años más, en medios hostiles; su deriva última (ni memoria ni periodismo) me lo impidió. A otros amigos también devotos les conté la decisión de dejarlo, tan abatido (exageración) como si me hubiera separado de mi consorte. Lástima.
No hay que extenderse en lo ya escrito. Morán era gran conocedor de algunas regiones: Asturias, País Vasco o Cataluña. Testigo, y analista, de la historia menuda de este país en el último medio siglo. Autor de libros notables: ‘El maestro en el erial’, sobre Ortega; ‘El cura y los mandarines’; y uno delicioso sobre el Camino: ‘Nunca llegaré a Santiago’, cuya reedición vino a presentar a León hace unos años.
Aunque sobre todo resultaba estupendo cuando escribía atinados textos sobre historia y cultura, cine y viajes, o interesantes obituarios; o sobre tipos raros y solitarios. Nunca le agradeceremos bastante que nos descubriera a gentes semi-ocultas como Mauro Corona, Barret, Genet, Egea, Ostiz, Bulgákov, Munthe, Enquist o Ayesta; o que reivindicase a Modiano, Tranströmer, Chirbes, Avello o Andujar, cuando todavía nadie hablaba de ellos. Sólo por eso, afecto y admiración eterna.
Ahora bien, la familia nos da disgustos. Hace una década Morán dejó de publicar en La Vanguardia y no lo superó. Ya jamás volvió a escribir de cultura. Lo hacía, en bucle, sobre política. Desarrolló fijación con Cataluña y el pujolismo, hasta el cansancio. Odio sarraceno contra Podemos, ZP o Sánchez, hasta la obcecación. Aunque nunca fue gran estilista, ahí perdió hasta las formas, su punto ácido y brillante, y podía repetir diez veces en un artículo, como si fuese la prosa pugilística de Reverte, «el puto amo» para referirse al Presidente. Vaya, un desvarío.
El profesor Faraldo, tan benévolo, me dice «eso hay que olvidarlo». Por contra, desde su invierno malagueño, el genio lo resume en un wasap de tres palabras: «un feo final». Pues sí; y hubiese servido como título, de ser uno cruel. Que Morán haya acabado sus días en Vozpópuli y en la guarida de The Objective (al lado de González, Savater, Cebrián y saurios por el estilo) da una idea de la degradación de esta época y de la decrepitud de las cabezas al llegar a ciertas edades. Quizá hasta él mismo lo vio venir con tiempo cuando en su columna de 7/3/2015 titulada «Un descubrimiento personal» confesaba que «vejez y periodismo son términos contradictorios…». Amén.