Por ello, antes de volver a la rutina de juntar letras voy a acordarme de una historia que me contaron hace varios años de mi bisabuelo Pancho, quien cada noviembre subía hasta Riaño con el objetivo de vender sus terneros en la feria. Varias noches al raso para lograr algún que otro apretón de manos que permitiera sacar seis bocas adelante un invierno más y que en alguna ocasión fueron truncados en el trayecto de vuelta por los asaltantes que frecuentaban los caminos de la Montaña Oriental. Ni rastro para Pancho de las ganancias de todo un año de esfuerzo más allá de las propinas del botín que aquellos ladrones daban a los sobrinos que le acompañaban como arreadores. Por supuesto, esa misma tarde aquel antepasado al que nunca conocí volvió a trabajar sin decir demasiada palabra sobre la cruel pérdida.
Solo una de tantas historias en blanco y negro que suenan a buscavidas, a estraperlo, a manos callosas. Quien más o quien menos puede encontrar estos relatos con tanta miseria como dignidad en una o dos generaciones anteriores a la suya para curar la tontería posvacacional como si se tratase de esa colleja silenciosa y adiestradora que da un padre a su hijo cuando se le olvida dar las gracias ¡Ay joder, esta ha dolido! Pues eso, que gracias.
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