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Cofrades sin luz

29/03/2018
 Actualizado a 16/09/2019
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De los que aguardan al silencio en silencio apretando bien las manos en los bolsillos. De esos que antes fueron de la mano y ahora cogen de la mano en la misma esquina, arropados tan solo por la muchedumbre. De los que se alumbran con el cálido y tembloroso reflejo de los hachones, marcan con latidos los tambores y hacen con la boca las trompetas en la vuelta a casa. Como antes, como siempre.

Soy cofrade sin túnica, cofrade sin fe. Un alma agnóstica guardando sitio en la oscuridad de la acera, entregado a los caprichos de la primavera recién estrenada. Esperando la procesión, tan solo para cruzar mi mirada con los mismos ojos de cristal que vieron tantas veces mis abuelos. El cristal que también mira, la madera que sangra, las espinas hundidas en los siglos. El milagro del arte devoto que una gubia hizo llagas, dolor y lágrimas. El prodigio de los pasos sordos de los cofrades que callan el progreso y llenan las calles con un silencio sin ausencia. Haciendo de la tradición Historia.

La Semana Santa sin fe, también se vive. Callado cuando rezan, respetuoso cuando cantan. Codo con codo en las plazas abarrotadas donde se consume el murmullo con el primer estandarte y la cruz de guía recortada a lo lejos, en el anacronismo místico del bullicio hueco de la ciudad abriendo paso a la llama más profunda, la que quema solo por dentro. La fortaleza de un legado frágil al que amenaza una teatralidad forzada que carcoma las raíces de una herencia valiosa por ser auténtica, por ser una vivencia íntima y pudorosa de la religiosidad, penitencia anónima bajo los capirotes entre en el gentío de las avenidas que en ningún otro momento ya son templo. La Semana Santa necesita la fe que yo no tengo para no terminar en una agonía sin esperanza. Que las túnicas se sigan heredando y se mantengan como mortaja. Que los niños agiten las palmas y lancen palomas. Miles de cofrades de luz que acaricien con su llama a los descreídos que cubrimos la sombra de las aceras, el frío del vacío cuando todo acaba, eso que llaman la noche eterna.

La Semana Santa con fe, con fe en el arte que incluso sin creer puede remover a las personas. La sabiduría tallada en los siglos, doctores en sentimientos y en la alquimia que es capaz quitando virutas de encontrar rostros o manos, retorcer el fervor y tocar el sufrimiento. Un testamento que con volver a admirarlo se protege, que es la esencia que se entiende sin entenderse. Un patrimonio único que se resguarda también sin capas, devoto de la imaginería que solo se reconoce vulnerable cuando se cubre de plásticos aunque siga sonando la banda.

No hay nada más divinamente mundano que las procesiones dependan del cielo. Y se mire hacia arriba más veces que nunca durante todo el año, y se extienda la palma de la mano contando las gotas antes de que los paraguas hablen. Que haya que tener tanta fe para rezar porque no llueva como para aceptar con resignación que el trabajo constante e incansable de meses no se verá en las calles. Metáfora de la vida, religión de lo palpable. A los cofrades sin luz, eso también nos lo enseña el arte.
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