Tiene mala reputación la tos. No es estética y apenas tiene épica, lírica o narrativa. Sin embargo, como la de quienes nos defienden de nosotros mismos, su tarea resulta honrosa y oportuna: expulsa lo que no debe estar dentro, desaloja lo invasivo, rechaza lo perjudicial. La tos salva vidas, aunque amargue la vida de vez en cuando: y así me consuelo. Cof, cof. Uno querría método más discreto y menos irritante, uno que no pusiera en solfa cada minuto a causa de su repetición y predominio; que no nos pudiera en entredicho ante los demás con esa rudeza. Pero evolución y civilización no se tienen en cuenta. Cof. Una mera tos revela que no estamos bien y, si acaso, que cabe alejarse: a menudo su sonido segrega y nos segrega. Cof, cof.
Existen la tos seca y la tos húmeda, es notorio. Como las regiones climáticas peninsulares o las áreas de muchos laboratorios y lugares donde se cuece algo. El yin y el yan de la tos, su blanco y negro. Se prefiere la segunda, por razones obvias, y se la llama “productiva”, siendo así que la tos seca se queda en mero capricho corporal (uno más), casi siempre doloroso o molesto o ambas cosas. Cof. Ante la tos seca nos convertimos en juguetes del destino, peleles dominados por un mal cuyo sentido ignoramos. Dominados por un nervio engañosamente vago, por un reflejo donde no nos reconocemos. Cof, cof.
Antes, cuando solo los hombres fumaban o frecuentaban fumaderos y minas, la tos era masculina, viril, igualmente tonante y absurda. Ahora también suele, porque a menudo las mujeres cultivan una reserva asombrosa al respecto. Pese a todo, tiempos ha habido que prestigiaron la tos, evidencia de padecimientos pulmonares de moda, de líricos y trágicos sufrimientos. La literatura lo aguanta casi todo y por escrito se tose a gusto. Cof.
Por otra parte, la simple tos cuenta con distintas parentelas o, mejor, alcurnias. Cof. Una de ellas, aristocrática e ilustre, se da aires: el carraspeo. Se carraspea a discreción, de manera voluntaria, como quien subraya lo dicho o solicita atención sobre lo por decir. El carraspeo es un signo admirativo ágrafo: gracias a él se aclaran garganta y deferencias.
Y está la chabacanería del estornudo, ese turbión inapelable a traición, tan innoble como feroz. Sus fases reproducen las de un misil o bomba aérea (y lo es): nos previene mediante un silbido agudo, anuncio grotesco acompañado de mueca y aspaviento que no querríamos vieran, y concluye con detonación tremebunda. Después viene el recuento de víctimas. Por eso es inevitable cerrar los ojos. Atchís.
Estos días -cof, cof-, aunque ya apenas aparezca en las noticias, la covid o el covid (la Academia no concluye y una tilde fantasma espera cuerpo), campa por nuestras vías respiratorias aprovechando para amenizar días y sobre todo noches (qué noches) con sus agónicas e intempestivas sucesiones. Un suvenir de la pandemia. No digo más, toso. Cof, cof. COF.
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