En mi pueblo, Antonio o Fernando un domingo al mes, madrugan un poco más de lo que les toca para acercarse a la antigua escuela y encender la chimenea, así cuando vayan llegando las personas que formamos el grupo de lectura Lecturas en la Laguna ( club de lectura rural) el local está caldeado. Todas traemos entre las manos las tardes silenciosas que hemos dedicado a la lectura desde este sitio castigado que hemos elegido para vivir. Detrás de los cristales de las ventanas, consultorios médicos cerrados, escuelas convertidas en teleclubs, paradas de autobús en las que ya no para el autobús. Montes sin gestión, pastos sin animales, carreteras de acceso a los pueblos propias de países tercermundistas. Mayores sometidos a la incertidumbre y a la soledad, sin servicios médicos, sin centros de mayores cerca para gestionar sus horas, jóvenes que tienen que recorrer km antes de llegar a sus escuelas.
Durante mucho tiempo la lectura fue una actividad oral y colectiva. Los textos se leían en voz alta para el público, pero también para una misma, la lectura silenciosa era rara y vista como una habilidad muy extraña.
Lo razonable es pensar que esta práctica respondía a que la mayoría de la población no sabía leer pero si atendemos a ciertos comentarios que han trascendido en algunas obras de la época sobre este acontecimiento, a lo mejor podemos abrir otros caminos de interpretación para este hecho. Por ejemplo Agustín de Hipona quedó sorprendido al ver a su mentor, Ambrosio de Milán, leer en silencio y lo anotó en su obra «Confesiones»:
«Cuando leía sus ojos recorrían las páginas y su corazón entendía su mensaje, pero su voz y su lengua quedaban quietas».
Realizar una lectura requiere de un recogimiento importante y, además, cuando se realiza en silencio da pie a un dialogo interior en el que participan a partes iguales todos los componentes del ser humano.
Al mismo tiempo, cuando un grupo se junta al amor de una lectura el hecho social toma relevancia fuera del contexto de la supervivencia. Fortalecer el tejido comunitario y aprender, también, a respetar y a valorar la mirada de quienes junto a ti han accedido al mundo de las ideas. De pronto comprendemos que la esencia de lo social se resume en la alegría de compartir, mientras que la parte silenciosa del proceso nos ha puesto en contacto con nosotras mismas.
La conjunción de ambas partes, es pura maravilla mientras el paisaje y su naturalidad nos acompaña proponiéndonos un vínculo con la realidad fuera de toda distopia.
Y desde ese reducto leemos tejiendo en estas lecturas el hilo de nuestras propias vidas, compartiendo nuestras conclusiones, desde el ejercicio de una libertad que nadie consigue coaccionar…
Nuestra rebelión silenciosa no solo consiste en trabajar el pensamiento crítico y la empatía desde la lectura, consiste además en hacerlo desde lugares donde NUESTRA verdad tiene una dimensión objetiva y universal.
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