Vivimos una era narcisista. La egolatría parece extenderse, quizás aupada por ese capitalismo brutal que algunos líderes promulgan, este culto a la riqueza sobre todas las cosas, aunque, por supuesto, siempre es la riqueza de unos pocos. Para que haya grandes ricos parece que tiene que haber muchos, muchísimos pobres. Es una evidencia y lo vemos prácticamente cada día. Pero una nueva oleada de liderazgos mundiales insiste en la superioridad humana sobre todas las cosas del planeta, sin importarles las consecuencias de la explotación masiva de los recursos naturales, sin importarles que, como suele ocurrir, los ricos se hagan cada vez más ricos y los pobres se hagan cada vez más pobres. Todos estos son datos constatables, pero da igual. La ambición humana no conoce límites. La arrogancia con respecto al planeta que vivimos es notable. El cortoplacismo es uno de los grandes males de la política. Lo que pueda ocurrir en el futuro no importa tanto si el objetivo primordial es la victoria en unas elecciones.
Trump, en sus alocuciones, que suelen ser de aurora boreal, promete riqueza a su alrededor. Promete que todos serán más ricos, también algunos países destruidos, si siguen su deriva surrealista sobre la necesidad de crear más resorts de vacaciones y cosas así. La palabra riqueza es una de sus favoritas (seguramente más que la palabra aranceles, como aseguró un día), pero, de momento, vemos que el mundo está sometido a un gran oleaje en el que no hay apenas certezas, aunque es verdad que algunas personas concretas sí habrán notado la llamada del dinero a la que Trump se refiere, como si eso fuera lo único importante. Quizás la tecnocracia que quiere dominar el planeta se aprovecha de estas ideas. Pero Trump es un magnate, no se olvide: tal vez este es el único lenguaje que conoce y probablemente cree que un país se dirige como una gran empresa, sin tener en cuenta nada más. Esa mirada simplista, egocéntrica, populista, está causando graves problemas en muchos lugares, también en su propio país, donde se extiende el descontento (de ahí su gran temor a las elecciones de medio mandato).
De todos los males que este supremacismo ideológico y esta visión tan poco científica de las cosas están trayendo al mundo, uno de los más grandes es el deterioro progresivo del planeta. De poco sirven las voces que avisan de los peligros a los que nos enfrentamos, e, incluso, las imágenes que nos muestran el avance implacable de los grandes incendios, también en lugares muy al norte, pretendidamente a salvo, huracanes, riadas y danas que destruyen la vida de la gente, etcétera. Hay una alarma muy justificada que, sin embargo, no parece detener la mano explotadora y agresiva de algunas acciones políticas con la naturaleza. Una explotación que casi siempre afecta a los más desfavorecidos, dicho sea de paso. También los más pobres sufren más con los episodios violentos del clima, hasta tal punto que existe una emigración provocada por los desastres naturales, la emigración climática. A estas alturas, ya sabemos que lo que sucede tiene una explicación, que la intervención humana tiene una relación directa con estos acontecimientos, pero poco se puede hacer si desde los grandes poderes, y los grandes intereses, se ponen trabas a los acuerdos globales, o si se desprecia el trabajo científico, que es lo único que realmente importa.
En la antigüedad los desastres naturales se conocían en el entorno en el que se producían y sólo de los más graves llegaban noticias a lugares lejanos, o bien la literatura y la leyenda los integraba, y pasaban a formar parte de las historias que atravesaban generaciones. Este verano me he aficionado a ver documentales sobre Pompeya, y es fácil comprender cómo la acción inevitable de la naturaleza (erupciones, terremotos) puede dejar a la humanidad en un segundo plano, porque la naturaleza, como sabían muy bien los Románticos, es sublime por ser bella pero también por ser terrible. Y nosotros no podemos relacionarnos con ella a través de la arrogancia. No debemos hacerlo, porque tenemos sin duda mucho que perder. El ser humano no debe olvidar nunca que es inferior al poder de lo natural, que debe cuidar su relación con las fuerzas colosales de las que dependemos. La soberbia es siempre una mala consejera y suele provocar grandes catástrofes: en todos los terrenos. Pero, como decíamos, esta es una época narcisista y ególatra, en la que se imponen extrañamente voces que desconocen demasiadas cosas, o que más bien fingen desconocerlas. Con tal de obtener los objetivos económicos y políticos que persiguen a corto plazo, creen que el futuro puede esperar. Los que vengan, tendrán que apañárselas.
Como todo lo que sucede suele llegar de inmediato a nuestras pantallas, he llegado a la conclusión de estamos normalizando demasiado los desastres naturales. Advertimos el peligro cuando nos toca, pero, en general, lo vemos con esa lejanía inevitable que las pantallas producen, por más que todo sea nítido y detallado. La pantalla es a veces un muro que nos separa. De la misma forma, la acumulación de desastres y de urgencias, también juega en nuestra contra. Hoy sabemos más de lo que ocurre en cualquier parte, cuando en la antigüedad muchos asuntos se quedaban en el ámbito local. Hoy hay una conciencia más global, las imágenes viajan a gran velocidad, pero el hecho de que las alarmas sean tantas y tan continuadas hace que ciudadano termine, quizás, acostumbrándose. O resignándose.
Los dioses no intervienen en nuestras cosas, como creían los antiguos. Como mucho, están a su bola (diría que ausentes y callados). Los que intervenimos de verdad somos nosotros, que también tendemos a creernos dioses con demasiada frecuencia. Ese endiosamiento es el verdadero peligro. Esa superioridad de lo humano sobre el planeta que habita es un grave error que sin duda pagaremos. La negación de la ciencia, en pleno siglo XXI, explica también algunas políticas que pueden llevarnos a situaciones irreversibles. Es una deriva peligrosa, pero nadie hablará de nosotros cuando estemos muertos. Ni la naturaleza, que por supuesto seguirá hacia adelante. Los humanos no somos imprescindibles.
Las sequías, sobre todo en Europa, y en Estados Unidos, empiezan a ser preocupantes. Estamos acostumbrados a ver cómo surgen las viejas iglesias y las casas del fondo de los embalses. Pero este verano, los grandes ríos europeos se han quedado secos. Y muchos ríos menores, naturalmente. Los males del calor nos tocan muy de cerca, más allá del muro protector de una pantalla de televisión. La sequía alarma ahora al Reino Unido, que cree que su forma de vida está en peligro. Lo peor no es que se sequen los parterres de Hyde Park, pero quizás sólo así algunos se enteren de lo que pasa. Ben Coates, que escribió un gran libro sobre el Rin, hablaba ayer en el New York Times sobre el drama de los grandes ríos de Europa, algunos míticos, que, en efecto, están perdiendo gran parte de su caudal este verano. En Serbia han aflorado esqueletos de barcos nazis, de 1944. En Bulgaria, en el Danubio, parece que ha aparecido una gran cama de huesos de mamut. Como dice Coates, esto no es lo importante, aunque nos sorprenda. Lo importante es que la navegación en algunos grandes ríos europeos se haya detenido, por falta de calado. Pero lo peor es la sequía. Lo que eso anuncia. Y los incendios de gran magnitud que acompañan el descenso de estos flujos de agua que han dibujado el mapa de Europa y todos sus equilibrios naturales. El cambio climático ya no es una cosa remota. Eso que sólo veías en la pantalla. Todo está ya aquí. Todo está cambiando ante nuestros ojos.
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