30/07/2026
 Actualizado a 30/07/2026
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Cuando quien junta estas letras tenía más pelo y menos panza, hacía calor en verano y la gente iba a hierba a las cuatro de la tarde sin esperar a que al astro rey le entrara la flojera. Incluso a los más enanos nos tocaba ir a llevar a los mayores unas galletas y una botella de Fanta o unas cervezas recién sacadas del arcón para que llegarán frescas a la vera de la empacadora. Cuando quien junta estas letras tenía más pelo y menos panza, hacía frío en invierno y la gente iba al monte a las ocho de la mañana a ver si el ganado que no hibernaba en la cuadra había pasado buena noche. Incluso a los más enanos nos tocaba ir con los mayores a llevarles unas alpacas para tenderlas sobre la el terreno pocas semanas antes de que por encima se prendiera por encima para acabar con la maleza que se iba abriendo paso entre la escarcha para preservar el pasto de la primavera.

Nadie hablaba entonces de cambio climático, que no digo que no exista, pero no creo que todo el problema sea que el termómetro esté más tiempo en rompan filas o que las lluvias y las nevadas lleguen de golpe o fuera de temporada. Como siempre, las soluciones salen más de los despachos con mesas de melamina e iluminación blanquecina que de la calle, del monte en este caso. Yo no sé cuáles son esas soluciones, ojalá lo supiera, pero veo una distancia abismal entre lo que se hacía y lo que se hace, entre lo que dice el lugareño y lo que manda quien del cortijo es el dueño.

Quizá no el dueño en la escritura de la propiedad, pero si en el boletín de la oficialidad, ese que pone negro sobre blanco el abandono de nuestros pueblos, que no tiene nombre pero sí apellidos, los de los grandes partidos, que siguen jugando al regate corto y obviando cualquier tema en el que comparten culpabilidad. La corrupción del PP huele a guano de gaviota y la del PSOE a rosa de pitiminí. La presunción de inocencia va a misa si es para el jinete de Ayuso y no vale un duro si es para la montura de Sánchez.

Y todo así, todo queda en titulares, en principios que duran minuto y medio, quizá menos, en guerras alentadas a través de tertulias y redes para que no se hable del ostracismo al que todos han condenado al medio rural por el mero hecho de que apenas pueden cubrir de papeletas el culo de la urna.

Hasta el presidente aviador reconocía estos días que sus decisiones han molestado «a unos pocos». Sí, pocos quedan en los pueblos hasta que a los de las mesas de melamina y la luz blanquecina les dan los moscosos y acuden raudos a quejarse de que el gallo cante o la vaca cague. El pacto no tiene que basarse en si hay cambio climático o no, sino en cómo hacerle frente, en un modelo de financiación que no penalice a los territorios más grandes y menos poblados, que son los que más recursos necesitan para limpiar sus montes, pero también para mantener abiertos sus colegios o sus consultorios médicos. Eso sería un pacto de verdad, el pacto que necesitamos, pero esta nuestra maltrecha y vieja piel de toro solo se une cuando rueda el balón para ganar una copa de oro. Como decía mi abuela Josefa, ya vendrán los clamores. Si es que no están ya entre nosotros.

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