Era un día muy importante para ella. Tenía una cita a las 6 de la tarde de un jueves de marzo, aunque no sé si ese dato importa. Se preparó como se preparan las novias, saboreando cada detalle. Como pista para ser reconocida anunció que llevaría su vestido más bonito y un maquillaje discreto, porque era una cita a ciegas. A ciegas, pero no clandestina. Al contrario. Antes de prepararse para el encuentro se desnudó ante el mundo, para asombro de todos. Costaba entender que aquello se estuviese haciendo de forma pública, pero si ella quiso hacerlo así, estaba en su derecho, que da la sensación de que no disfrutó de muchos.
Parece que Noelia necesitara lavarse antes de poner el vestido elegido para el encuentro, sentirse limpia y libre, rascar todo el dolor que se le fue pegando por dentro hasta ahogarla. La vimos ante una cámara levantando, una a una, las piedras que la tenían sepultada y arrancando las capas de cebolla hasta llegar a la parte blanda, esa que paradójicamente, hace llorar a los demás cuando el filo del cuchillo la hiere a ella. Pudimos verla saliendo del túnel negro en el que vivía secuestrada, segura de sí misma, tan frágil como valiente, implacable con la suerte que nunca le regaló nada. «Los últimos años no me han ido muy bien en la vida». Y una vez descubierta su historia, compruebas que llama «últimos años» a la mitad de su vida.
La conocimos a contraluz, con todas las batallas ya perdidas y ganadas. La vimos alejarse dejando el eco de un portazo a su espalda, harta de ser ella quien encontraba las puertas cerradas. Dispuesta a decir basta y no considerar vida lo que para ella solo era sufrir, soportando dolores insoportables, en el cuerpo y en el alma. Era como ese caballo de ideas firmes que no se conforma con cualquier cosa y no bebe hasta encontrar agua limpia. Ese animal capaz de arrastrar cargas pesadas, tan fuerte como asustadizo, cuya reacción ante el peligro es la huida. Vi en ella esa mezcla de belleza, resistencia y fragilidad emocional, igual de obstinada y desafiante y con la misma necesidad de un trato paciente y cariñoso. Solo buscaba agua limpia para beber vida, pero no encontró el reguero y se resistió a seguir tragando barro. Al destino se le fue la mano con ella.
Eso me pareció Noelia el jueves por la tarde, cuando dejó de ser, porque tuvo que citarse con la muerte para que todos conociésemos su vida. Cuentan que como dote llevó cuatro fotografías que ella misma eligió ante una cámara. Tuvo que retroceder hasta la infancia más infancia para dar con trozos de felicidad verdadera. Como única compañía llevó a una niña fingiendo pintar un cuadro que, en realidad, pintó su madre. Una niña con el baby que se estrena la vida y el pupitre y, por primera vez, se suelta la mano de los padres a la puerta del colegio. Como única compañía se llevó a sí misma. Y a Wendy, su perrita de la infancia.
Todo lo demás lo dejó aquí. La familia rota. El desamparo de un desahucio. Las noches de bar, esperando que su progenitor acabase las rondas y la llevase a casa. Otros desamparos que la hicieron vivir saltando de rama en rama, con una caída invisible en cada salto y la fractura de algo allá adentro, en cada una de ellas. Su rodar de centro en centro, que la fue erosionando como se desgastan las piedras de los caminos que los humanos van pisando. Tampoco quiso llevarse los abusos sexuales individuales y colectivos, que no se atrevió a denunciar, seguramente por no saber a quién ni dónde. Ni se llevó aquel vuelo de cinco pisos con el que quiso olvidarlo todo, que la ató a una silla de ruedas, a una paraplejia y al dolor sin que eso impidiera seguir volando de siquiátrico en psiquiátrico, encadenando los intentos de suicidio.
Aquí lo dejó todo. Una vida desgranada ante una cámara. Un flashback en el que se despide castigándonos con el relato de su historia, mientras se prepara en la habitación de un hospital, para la cita. Costó dar con la ruta adecuada para encontrar la paz y el agua limpia que buscaba. Llevaba demasiado tiempo caminando a oscuras y los faroles, que provocan más sombras que luces, confunden. Cuando el dolor es tan insoportable como irreversible, existe el derecho a la muerte digna. Tardó en darse cuenta y habla de ello como quien no dice nada, con un hilo de voz que la hace parecer casi viva, sin filosofar, ni dar lecciones, ni ser ejemplo, heroína, ni mártir. «Prefiero otro camino para ir a descansar». Oíamos ésto mientras Noelia llegaba a meta con el vestido favorito, maquillaje discreto y cuatro retales de su infancia, incluida Wendy. La madre pide acompañarla en el último momento «cuando cierres los ojitos». La respuesta de Noelia es firme. Las madres no van a las citas a ciegas de sus hijas, y mucho menos cuando la novia, ahora que encontró el camino y ya no hay sombras ni curvas, tiene decidido entregarse sin condiciones y echarse en brazos del descanso, para nunca regresar.
Sin juicio ni mención a nadie, el objetivo era llegar aquí para decir: Perdón. Noelia.