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El cimiento líquido de León

30/01/2026
 Actualizado a 30/01/2026
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El próximo 31 de julio no será una fecha más en el calendario agronómico de nuestra provincia. Se cumplirán exactamente 75 años desde que, en 1951, el embalse de Barrios de Luna realizara su primer desembalse, enviando por primera vez el caudal regulado hacia los cauces del Luna y el Órbigo. Aquel hito técnico, que hoy vemos como una rutina de gestión hídrica, fue el acta de nacimiento de la potencia agroindustrial que es hoy León. Sin embargo, como bien me señalaba recientemente mi amigo Jesús de la zona de San Cristóbal de la Polantera (un verdadero sabio), el progreso del Páramo no se construyó solo con ingeniería, sino sobre los cimientos de dieciséis pueblos sumergidos.

Desde una perspectiva económica, el impacto de los embalses en León ha sido el principal motor de convergencia de nuestro PIB provincial. El regadío ha transformado radicalmente la estructura de valor de la tierra. Según los últimos datos de mercado, mientras que una hectárea de secano en la provincia tiene un valor medio de 4.200 euros, el terreno de regadío modernizado alcanza valores de 20.000 euros. Estamos ante una revalorización de activos patrimoniales del 376 %, una cifra inalcanzable en muchos sectores de inversión a largo plazo y que constituye la base de la solvencia financiera de miles de familias leonesas.

Si analizamos la productividad, el salto es radical. Antes de la regulación hídrica, León estaba anclado en una agricultura de subsistencia. Hoy, la provincia es líder nacional en producción de maíz, aportando el 28 % de la cosecha total de España. Esta posición de dominio permite que el sector agrario y la industria agroalimentaria asociada representen cerca del 11 % del Valor Añadido Bruto (VAB) regional. Sin la regulación del Luna, que riega de forma directa 52.328 hectáreas, nuestra economía sería una estructura vulnerable y despoblada. La seguridad que aporta el agua embalsada es lo que permite la inversión en tecnología que sitúa nuestros rendimientos por encima de los 14.500 kg/ha, multiplicando por cinco la capacidad productiva del suelo.

No obstante, en términos de sostenibilidad social, cualquier modelo económico que ignore sus fuentes de capital original es incompleto. El sacrificio de las gentes de la montaña, quienes cedieron su territorio y su futuro para que el páramo prosperase, debe computarse como una donación de capital social que los beneficiarios actuales tenemos el deber de reconocer. Este éxito colectivo es el resultado de un trabajo en equipo histórico entre dos zonas de León. Reconocer este esfuerzo no es un ejercicio de reproche, sino de madurez institucional y profesional. La generosidad de la montaña leonesa es la que nos permite hoy hablar de riego digitalizado y competitividad. León es más grande cuando su éxito económico se cimenta en la gratitud y la memoria de quienes lo hicieron posible. Al celebrar estos 75 años, no solo celebramos el agua, sino la grandeza de una provincia que, cuando sabe ser generosa, se vuelve mejor.

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