28/03/2019
 Actualizado a 13/09/2019
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El chiste nuestro de cada día. Ese que se encuentran tres cigüeñas en un campanario. ¿De dónde vienes, –la preguntan a la del extremo izquierdo–? Nada, acabo de dejar en León a un niño. Cuatro kilos de mamoncete, hijo deseadísimo de una pareja que lleva años en tratamiento. Una monada, la verdad. Y tú, –le inquieren a la del medio–, ¿vienes de muy lejos? De Ponferrada, una tirada, ahí dónde lo ves. Y encima llevé un prematuro, kilo y poco pesaba. Su madre es una yonqui, puesta hasta atrás todo el día, que se preñó en una noche de esas de locura. Mal rollo. Pues yo, dijo la tercera, vengo del monasterio de monjas de clausura de Gradefes. Las otras dos se la quedaron mirando muy sorprendidas. No, no os preocupéis. No llevé nada. Lo hago de vez en cuando y las meto un susto en el cuerpo de la hostia.

Algo parecido, cree uno, estará pasando por la mente, por demás muy calenturienta, de todos esos políticos que se presentan a las elecciones de los dos meses venideros. «¿Saldré o no elegido? ¿Tendré el momio resuelto para cuatro años?, ¿o para más tiempo si juego bien mis cartas y trepo en el escalafón del partido?». Estas preguntas, y otras semejantes, se las tienen que hacer, sí o sí, muchas veces al día. Y no es para menos, porque la mayoría de ellos no tienen oficio ni beneficio y salir en las listas es un objetivo vital para ellos. Admiro muy poco a los norteamericanos, la verdad, pero hacen una cosa bastante bien: sus políticos pierden mucho dinero al abrazar el servicio de la cosa pública, ya que abandonan, la inmensa mayoría, carreras profesionales muy lucrativas. Aquí, en España, esto no sucede. Hagamos de detectives e indaguemos en los trabajos realizados, hasta ahora, por los cinco cabezas de lista para las generales. Uno, Sánchez, es doctor en Económicas, (con muchas dudas, según dicen, en su tesis doctoral), y sus únicos trabajos conocidos son de asesor, (o sea, nombrado a dedo), en Bruselas y en los Balcanes, cuando la guerra en la que un correligionario suyo mandó bombardear Serbia. Casado es abogado, aunque el título, por lo visto y oído, le debió tocar en una tómbola, con lo que está todo dicho. No se le conoce trabajo profesional alguno. Rivera también es abogado y, ¡hombre!, este, por lo menos, aprobó unas oposiciones de lo suyo para trabajar en ‘la Caixa’, aunque no ejerció demasiado tiempo. Iglesias es, sin duda, el que tiene un expediente académico más sobresaliente y el que más ha currado de todos. Cierto es, sin embargo, que lo ha hecho de ‘asesor’ de partidos y corriente afines a su pensamiento, lo que dice bastante de la forma en que consiguió los trabajos, y como profesor interino en la Universidad Complutense. Siendo como es la universidad española uno de los sectores más corporativos que sobreviven en la sociedad, sin quitarle méritos, para él resultaría muy fácil conseguirlo. Y, ¡por fin!, nos queda Abascal. También es licenciado en derecho y también se le desconoce un trabajo ajeno a la política. Queda claro, creo, que de los cinco sólo dos se han ganado el pan con el sudor de su frente y que podrían seguir haciéndolo si tuviesen la desgracia de no ser elegidos. Los otros tres no. Y la desgracia es que dos de los tres tienen todas las papeletas para ser el próximo Presidente del gobierno. Estoy por hacerme apátrida y pedir asilo político en Burkina Faso, lo más cerca. Sé, también, que todos estos datos tienen el significado justo, ya que alguien que se haya dedicado toda su vida a la política puede ser un buen estadista; pero, no me lo negaréis, dice bastante de la sociedad en la que vivimos. En Grecia y en Roma, el político tenía que haber demostrado antes que era un buen ciudadano. Debía de haber servido en el ejército, sobrellevado hambre, fatigas, batallas y conquistas para que el Estado le extendiese un certificado de ‘buena conducta’ y así poder dedicarse a la política, empezando, eso sí, desde abajo para, después de haber transcurrido varios años de servicio leal y eficiente, poder tocar el pelo del Poder con las dos manos. Quiero decir que es malo, malísimo, que un ambicioso, un engañabobos, un estirado, un sabelotodo o un integrista lleguen a gobernarnos sin más currículum que el haber trabajado en un partido, que en la democracia actual no pasa de ser un elemento represor de las libertades de los ciudadanos. ¿Qué no? Pues que alguien me explique que pintan el común de los diputados y senadores que vosotros elegís, ya que su único trabajo es votar de acuerdo con las órdenes del jefe de grupo en el parlamento, teniendo que tragar con ruedas de molino tan grandes que uno se hace idea de las indigestiones que pillan, aún cuando no estén de acuerdo con lo que se les ordena. Pero ya sabéis: el partido lo es todo.

Así nos va. Y, lo que es peor, así nos ira.

Salud y anarquía.
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